Arsa

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Por Carlos Sepúlveda

 

Érase una vez una hermosa región donde vivir era agradable: el sol era cálido y amable la mayor parte del año, el aire era limpio y cristalino, la tierra era generosa y estaba poblada por plantas y animales muy variados. En sus pueblos y ciudades habían vivido durante mucho, mucho tiempo, personas muy diversas que, aunque no siempre todo les iba bien, acababan encontrando una manera para que cada cual viviera a su gusto. A aquella región mágica la llaman hoy ‘Andalucía’.

Nuestra historia empieza una tarde de primavera a la orilla de un río ancho, manso y caudaloso. Junto a él había álamos, adelfas, mimbres y cañaverales y, un poco más allá, había un bosque con árboles de muchos tipos: pinos, encinas, acebuches y quejigos. Junto a ellos florecían los arbustos. Las plantas se habían arropado unas a otras para pasar lo mejor posible un invierno que había sido frío y lluvioso. Así que ahora celebraban la llegada de un sol que les hacía desplegar sus tallitos tiernos, sus hojitas nuevas y flores de todos los colores y aromas imaginables. Las abejas estaban locas de contenta de poder escoger para beber su néctar entre las enormes matas de romero, hinojo, tomillo y mejorana. La señora coneja sacaba a pasear a sus siete crías y los pájaros cantaban a pleno pulmón, llamándose unos a otros para contarse todas las novedades de aquella tarde. Y así, todos los seres que poblaban aquel bosquecillo -incluso los peces del río daban saltos para asomarse a aquella fiesta.

Por un camino cercano se aproximaba un pintoresco grupo de personas. Iban vestidos con muchos colores y viajaban unos a caballo y otros en carromatos. Estaban disfrutando aquella tarde de su viaje de tal forma, que habían sacado una canción del sonido de los pasos de los animales y del crujir de los carros. En ella participaban también los pájaros que se asomaban para verlos, cantaban las mujeres que daban el pecho a sus bebés, cantaban los niños, cantaban los mayores e incluso cantaban los más ancianos, ésos que ellos llamaban los tíos y a los que siempre se les consultaba cuando había que decidir algo importante.

Al llegar a una encrucijada se detuvieron para pensar adonde dirigirse. El camino que llevaban les conducía a un pueblo, donde podrían intercambiar por comida lo que ellos habían ido adquiriendo en su largo viaje: telas, cacerolas, especias, abalorios y joyas; o por lo que ellos mismos hacían, como esas cestas que una de las familias trenzaba con muchísimo arte. Quizás a la gente del pueblo le interesara conocer su futuro, pues viajaba con ellos una anciana que era capaz de adivinarlo mirando la palma de la mano y traía filtros y bebedizos para calmar todo tipo de males, incluidos los del corazón. También iban en este grupo hombres que entendían a los animales como si fueran personas, otros que sabían herrarlos y hasta músicos y danzarines que podían animar cualquier fiesta.
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El otro camino conducía a la ribera de la que hablamos antes. Allí podrían acampar, lavar la ropa, darle de beber a los animales, reparar uno de los carros -que traía el techo agujereado-… En fin, podrían descansar y disfrutar de aquella tarde tan linda. Consultaron, como siempre, al grupo de los tíos.

Los tíos estuvieron deliberando un buen rato: por un lado habían visto por el camino muchas huertas con árboles frutales, lo que les hacía pensar que en el pueblo habría un buen mercado donde aprovisionarse. Por otro lado, había quien pensaba que era mejor ser prudentes y acercarse al día siguiente un pequeño grupo de ellos para ver cómo eran aquellas gentes. Después de todo no conocían a nadie allí y, aunque ya llevaban un tiempo sin tener problemas, a nadie se le olvidaba que, a lo largo de su viaje, en algunos lugares no habían sido bien recibidos.

En esto, se acercó a aquella encrucijada un curioso personaje. Aunque no conocían su idioma, entre gestos, palabras comunes y, sobre todo, mucha simpatía, se entendieron enseguida. Ellos le contaron que les llamaban gitanos y que estaban sin saber qué camino tomar. Él, con una sonrisa que les cautivó, les dijo que era un juglar. Nunca habían escuchado esa palabra antes, pero parecía ser que inventaba poesías y que cantaba romances, seguidillas y todo lo que iba aprendiendo por los senderos. Venía de tierras que había más al Norte y no tenía tampoco casa fija, sino que iba de un sitio a otro repartiendo su arte a cambio de lo que las gentes pudieran ofrecerle.

Los cruces de camino son siempre lugares privilegiados, pues brindan la ocasión de encontrarse con otras personas que, por un tiempo, se convierten en compañeros de viaje. Y así ocurrió con el juglar, que traía consigo un instrumento que llamaba laúd y que les había llamado la atención, pues a todos les gustaba la música. Él se brindó a enseñar a quien quisiera a tañer sus cuerdas y les recitó una poesía que decía algo así:

 

No es llegar a un destino,

Lo mejor de los viajes

Es disfrutar del camino.

 

Les gustó tanto que les pareció como una señal de lo que debían hacer: aquella tarde acamparían en la ribera y disfrutarían de las cosas bellas que les ofrecía su ruta. De modo que invitaron al juglar a quedarse con ellos y pasar la noche.

 

* * *

La tarde transcurrió tan alegremente como había comenzado y todo parecía haber estado preparado para que estuvieran a gusto allí. Hubo quien se dedicó plácidamente a sus tareas, quien jugó, quien aprendió a tocar el laúd y quien inventó poesías… Como aquel grupo de curiosas muchachas, que se divirtieron con el juglar haciendo poemas en un lenguaje inventado, mitad palabras de diferentes lenguas y mitad con gestos. El ondular de las aguas del río parecía participar del júbilo de aquel grupo. Cuando oscureció, su rumor y el de los árboles mecidos por el viento cantaron una nana para acunar a los más pequeños.

Al día siguiente, partió un grupo muy tempranito al pueblo a indagar cómo serían recibidos allí. Cerca del mediodía volvieron con noticias frescas: por el camino habían hecho amistad con unos hortelanos de los que se habían quedado prendados, ya que al poco tiempo de conocerse les habían ofrecido cobijo. Y es que, según parece, la antigua religión que les habían transmitido sus padres les decía que debían tratar con mimo a los viajeros. Les confiaron que las autoridades no les permitían seguir practicando esa religión que llamaban Islam, pero ellos mantenían en secreto ésa y otras bellas costumbres. Por ejemplo, bailaban danzas sagradas en las que, desde el centro de su cuerpo, nacía un movimiento ondulante; sus cantes partían desde el fondo de sus entrañas, la voz subía serpenteando y rebotando en todos los rincones de su cuerpo hasta salir por la boca y convertirse en el sonido de su alma. Habían intimado tanto que acordaron verse de nuevo aquella misma tarde en la ribera, ya que ellos tenían que pasar a la vera del río para abrir las canaletas que regaban su huerta.

Ya en el pueblo habían conocido a un grupo llamado sefardíes que les contaron de nuevo que, aunque las gentes del lugar eran amables y hospitalarias, las nuevas autoridades no les permitían hacer lo que quisieran a su estilo, sino que tenían que adoptar las costumbres que ellos imponían. Precisamente, ese grupo de sefardíes tenían pensado acercarse en secreto a la ribera un poco más tarde: Querían celebrar la unión de unos jóvenes enamorados de su comunidad, tal y como llevaban haciéndolo desde hacía muchísimo tiempo.

Por eso, los tíos pensaron que lo más aconsejable era mantener el campamento donde estaba y hacer excursiones para los trueques de la forma más disimulada posible.

Así que si la tarde anterior había sido plácida y alegre, ésta se presentó de lo más movidita. Al poco tiempo llegaron los hortelanos, con sus turbantes y sus ligeros ropajes. Venían cargados de sus verdulerías, frutas y dulces. Como tampoco entendían su lengua, dedicaron un buen rato a aprender las palabras que más le interesaban: sobre todo las que se referían a las cosas bellas. Especialmente bien se lo pasaron para adivinar algo que sonaba así como “¡ARSA!”, pues estaba acompañado de gestos muy divertidos y entrañables.

Un poco más tarde llegaron los sefardíes, que se mantuvieron a distancia. Parecían personas bastantes serias y se veía que estaban muy tristes de tener que esconderse para poder celebrar algo tan bonito como el amor. Pasaron largo tiempo doliéndose y consolándose de éstas y otras muchas fatigas que habían pasado últimamente. No por casualidad habían venido a la orilla del río, pues en este lugar las lágrimas se las lleva la corriente y así desaparecen las tristezas.
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Pero a medida que los sefardíes iban preparando el festejo, empezaron a mostrarse más cercanos. Primero pidieron prestado a los gitanos algunos avíos para la candela; inmediatamente, los niños empezaron a jugar juntos y, finalmente, todos participaban adornando con flores y juncias el lugar donde los amantes iban a declarar que querían unir sus vidas. Y es que si el miedo no nos ciega, pronto descubrimos que todos los grupos humanos tenemos formas diferentes de comportarnos, pero una misma necesidad de apoyarnos y de querernos.

Nunca sonaron tan bellos sus cánticos como en aquel lugar, donde la Naturaleza formaba un coro irrepetible. Y si aquello tenía tal solemnidad que parecía que la melancolía sería la que estaría presente en aquella celebración, todo cambió cuando uno de los presentes gritó “¡ARSA!”. De momento auparon a los enamorados y los subieron en hombros. Estalló la alegría y empezaron a sucederse los cantes, las felicitaciones y los abrazos.

Navegaban por el río un grupo de pescadores que poco a poco fueron arrimando sus barcas a la orilla. Los sefardíes los conocían: eran cristianos del pueblo y temieron que pudieran delatarlos a las autoridades que prohibían toda celebración que no fuera como ellos querían. Volvió a nacer la desconfianza y la fiesta parecía haber llegado a su fin; incluso unos nubarrones taparon el sol que había acariciado a todos aquellos que estaban bajo su manto. Pero cuando empezaron a descargar cajas de pescado y las ofrecieron para completar el banquete, vieron que sus intenciones eran otras que las que habían presagiado.

Alguien gritó “¡ARSA!” y se reanudó el jolgorio. Los que jopeaban a los jóvenes enamorados se turnaban para llevarlos de aquí allá bajo una lluvia de flores, saltando y bailando al son de la música.
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Os podéis imaginar que aquella reunión duró mucho, mucho tiempo. Si todos los encuentros entre personas tienen algo de mágico, el que ocurrió aquella primavera tenía un hechizo muy especial: un Duende hacía a todos dar lo mejor de sí mismos para entrar en armonía con los demás.

El Duende era invisible, pero a nadie le cupo la menor duda de cuándo hacía su aparición. Se hacía notar en los cantes, pero también en las tareas: acarrear leña para la candela, preparar la comida… Por pesada que fuera, se convertía en un juego cuando alguien decía la palabrita mágica: ¡ARSA!

Las primeras candelas empezaron a encenderse y nadie sabe de dónde, empezaron a aparecer instrumentos para continuar haciendo música: flautas, chirimías, laúdes, crótalos… Ese sonido acompasado se convirtió en una densa red de hilos invisibles que los unía, que hacía hermanos a los desconocidos, que convertía en canción cada faena, cada cosa que se quería comunicar. Había que acompañarse de gestos a cada instante, porque allí cada cual hablaba en una lengua más rara.

En un gran círculo se reunieron todos los presentes tras la comida. Como ya empezaba a caer el relente, los hortelanos musulmanes cantaban y tocaban las palmas y, en medio del círculo, hicieron sus danzas sagradas. El resto acompañaba con instrumentos, haciendo coros y también con palmas. Después se colocaron en medio del círculo los gitanos: unos bailaban como los caballos, los danzarines representaban a sus dioses, y los músicos llenaron de risas la noche con sus divertidos saltos y movimientos sorprendentes. Se unieron los sefardíes y se compenetraban estupendamente con los tíos, ambos con los movimientos majestuosos y pausados de la sabiduría. Entraban unos en el círculo, salían otros y continuaban haciendo música. Los pescadores bailaban como si estuvieran aún montados en su barca. El juglar improvisó una poesía de la imagen bellísima que contemplaba: además de los que se iban sucediendo en medio del círculo, los árboles y matorrales también danzaban alumbrados por las candelas y movidos por el viento.
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No penséis que todo era alegría. Hubo muchos momentos en los que volvió a aparecer la tristeza; entonces se la dejaba estar para acunarla y permitir que las lágrimas se las llevara el río… hasta que alguien gritaba “¡ARSA!”. Entonces se hacía patente la presencia del Duende, ya que hasta las más paralizantes emociones se transformaban.

Un sigiloso grupo se había aproximado al bosque. Venían huyendo de una ciudad donde iban a ser vendidos como esclavos. La oscuridad y su piel de color negro les ayudaron a permanecer cerca de la fiesta sin ser descubiertos. Tenían mucho miedo, y también hacía mucho que no comían, así que estuvieron largo rato observando aquel pintoresco grupo. Finalmente, dos de ellos se decidieron a hacerse ver. Como fueron recibidos con hospitalidad, el resto fue abandonando su escondrijo cautelosamente. Pero, a pesar de que les ofrecieron comida, seguían atemorizados. Poquito a poco empezaron a sentirse parte de la red que unía a todos los que festejaban aquel encuentro; cuando les tocó presentarse, sus cuerpos aún mostraban el miedo. La música también sonaba a miedo. Todos los presentes empezaron a quedarse inmóviles, ya que ésta es la más contagiosa de las emociones. Cayeron en la cuenta que, al fin y al cabo, todos eran de alguna manera perseguidos y a nadie se les permitía ser como querían. En cualquier momento, podían ser descubiertos, castigados y convertidos en esclavos por las autoridades que querían que todo fuera de un mismo color.
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Alguien dijo tímidamente “¡ARSA!” y, de repente, comprendieron que los hilos invisibles que les unían se habían convertido en una tupida red, también invisible, pero que les protegía. Entonces los negros comenzaron a hacer música con sus pies en la tierra, se daban palmadas con las manos en su propio cuerpo y en todo lo que pillaban: en un tronco hueco, en las cajas de pescado vacías, golpeando una piedra contra otra… Y así danzaron y tocaron a sus penitas, a sus recuerdos y también a sus risas.
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Del miedo también se pasó a la rabia y todo el que salía a bailar, le daba con furia a los pies en el suelo. No os extrañe que a los que más enfadados se veía era a los árboles que, como no tienen pies, agitaban con fuerza las ramas acordándose de las personas que los cortaban y los maltrataban.

A pesar de que los enamorados se habían acostado hacía ya rato, continuó la reunión. Otros bailaron en su lugar, moviendo dulcemente sus manos para mostrar que también estaban enamorados… o que querían estarlo. A todo se acompañaba con música, cada uno con lo que tenía: flautas, tambores, panderetas, cuerdas… El Duende hacía que cada cual diera lo mejor de sí mismo y pusiera mucho empeño en que estuviera en armonía con los demás.

Llegó el día, unos habían dormido, otros no y, siempre que se unía alguien, se acoplaba con mucho cuidaíto al mismo soniquete. Aquello parecía no terminar nunca, porque llegó un momento en que ya nadie cantaba ni bailaba como antes, sino que hacían suyo lo que habían visto en los demás. Habían creado un lenguaje que entendían todos.

Aquello duró varios días y nunca faltó qué comer, qué beber, ni qué bailar, porque el Duende lo había convertido todo en danza, melodía y compás; en sentimientos puros y en una red de hilos que se habían ido haciendo más y más fuertes.

Cuando poco a poco cada cual fue cogiendo su camino, tenían la seguridad de que esos hilos que les unían les harían volver a encontrarse y que siempre podrían entenderse con aquel nuevo lenguaje que se habían inventado. Se habían hecho como hermanos.

* * *

Y así fue. A la siguiente primavera, volvieron a aparecer casi todos los que habían participado de aquel encuentro. En el lugar de los que faltaron acudieron otros que los conocían y, como habían aprendido aquel lenguaje con el que todos se entendían, contaron qué había ocurrido con ellos.

A la siguiente primavera, volvió a ocurrir. Y a la siguiente, lo mismo, y también a la que vino después… Siempre de la misma manera, aunque pasaban cosas diferentes: fueron cambiando las personas, venían los hijos y los hijos de sus hijos; desahogaban lo que traían en sus corazones, traían alguna canción desconocida o algún relato sorprendente… Por eso ahora todos supieron que las lágrimas que había arrastrado la corriente formaban un océano de aguas saladas, pero que al final de ese inmenso mar de llanto había otra orilla llena de músicas; y es que un grupo había navegado hasta allí continuando la ruta del río ancho.

Cuando se separaban, cada grupo invocaba por su cuenta al Duende con la palabra mágica… “¡ARSA!” y otras que se habían inventado. De manera que aquello continuó ocurriendo en todas las estaciones del año. En esa y en muchas otras riberas, en otros bosques, siempre que había una candela, cuando compartían una olla de comida, o cuando querían mandar sus lágrimas a que corrieran con el río en busca del mar amargo. También en el campo cuando se arrecogía la cosecha, en las herrerías, en las minas, en el hogar, en las calles, en las tabernas, en los teatros, en los festivales, en las peñas y, en fin, en todos los momentos y lugares imaginables.

Aquel lenguaje que habían inventado para entenderse mucha gente diferente lo habían llamado Flamenco, y todavía hoy podemos encontrarlo en muchas partes, incluso en el cole. Y aún hoy podemos invocar al Duende para que ocurra de nuevo, diciendo con el corazón palabritas mágicas, como esa que dice… “¡ARSA!”.

 

FIN

 

Agradecimiento a Juan Vergillos y Marisa Sepúlveda, por sus valiosos comentarios, y a Lourdes Reguera y su grupo de maestras por el apoyo decidido a este relato.

 

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