La Primavera

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Nacer a la primavera
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Sentimos la vida que nos late desde las entrañas… y nos sentimos a nosotros mismos. Sentimos nuestra piel al percibir lo que nos rodea… y nos sentimos a nosotros mismos. Hemos vivido un frío y seco invierno, del que hubo que protegerse con un cascarón. Hemos visto morir partes de nosotros mismos; cuando nuestro entorno era hostil, hemos generado calor, hemos cultivado la espera, hemos hibernado, nos hemos curado reposando… con la incógnita de si sucederá…

Nacemos a la primavera, nacemos cada primavera. Nacemos cada día y podemos nacer en cualquier instante. Pero nacemos; una fuerza desde nuestro interior nos impulsa a abrir nuestra envoltura. Una fuerza cuya intensidad aún desconocemos, pero que nos acompañará toda la vida.

No siempre nacemos como nos gustaría, unas veces toca al borde del camino, otras arropados entre yerbas; pero nacemos, y nacer siempre es un milagro. Como cambiar, como crecer. Porque una vez que nacemos no podemos parar de crecer, no podemos evitar que se despierten nuestros sentidos, no podemos evitar volver a nacer. Como sabemos, como nos permiten las tormentas y los soles.

Cada semilla tiene una pulsación, pero a todas impulsa la misma necesidad de explorar más allá de nuestros límites; de beber de los humedales al amparo de un calor que sentimos… o que intuimos. Un calor que aspiramos a que entre en sintonía con el fuego que llevamos dentro, con el fuego que irradiamos hasta los confines de nuestro cuerpo.

 

… Y vamos desplegándonos en las direcciones que sentimos que nos dan, no donde nos quitan. Buscando la luz nuestras yemas se transforman en tallos, que se alargan y se expanden. Percibimos la luz con los ojos que tienen todas las plantas. Vemos que crecen a nuestro alrededor más seres vivos, con los que se enredan nuestras ramas.

 

… Y a merced de los vientos nos creamos un tronco, y al abrigo de las heladas nos aferramos a nuestras raíces. Así nos entendemos, así nos creamos a nosotros mismos.

Te has convertido en un árbol milenario. Has visto danzar a tu alrededor seres que crecieron a tu abrigo. Has repartido tus semillas. Has muerto y vuelto a la vida durante muchos años. Y tu savia vuelve a correr por tu viejo tronco, vuelves a agitar tus ramas y a florecer como llevas siglos haciendo.

Siente tus raíces, siente cómo se desplazan buscando tierras húmedas; siente cómo te mueves por ese tronco que has criado bajo tierra. Tu tiempo no es el de los humanos, pero también puedes moverte, centímetro a centímetro, hasta habitar en todo el bosque.

 

Siente cómo llegas al extremo de tus raíces, allí donde se confunden con la tierra y el agua. Te identificas de tal modo, que te fundes con ellas y te vas convirtiendo en gota. Y a esa gota se añaden otras que han volado desde el mar y te conviertes en un manantial.

 

Eres muchas formas de agua.

 

Te fundes con otras aguas.

 

Hasta que por fin, una parte de tu agua se vuelve seca. Has creado la piel. Te has convertido en un ser humano. Te mueves como una persona que conserva dentro de sí el remoto recuerdo de que un día fue árbol y fue agua.

Y como humano, encuentras a tus semejantes. De ese encuentro nace un baile y nace la seducción. Porque para conseguir algo de los demás, siempre seducimos. Unas ocasiones tiene un color sexual, en otras desplegamos diversos encantos; pero siempre, siempre seducimos.

 

 

Carlos Sepúlveda.

 

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