Federico y sus amigos

federico

Por: Carlos Sepúlveda

Dedicado a las personas que me apoyaron e inspiraron en este trabajo:
Lara, Lourdes Reguera y su grupo de maestras, mi sobrino Toto y mi familia cercana.
Mi agradecimiento a Juan Vergillos por su documentación, a Ana Ramírez por sus correcciones
y a Ian Gibson por su labor en torno a la figura de Federico.

 

PARTE PRIMERA: INFANCIA Y JUVENTUD EN GRANADA

 

FUENTE VAQUEROS

Érase una vez un niño que se llamaba Federico. Tenía un secreto mágico: sabía cómo tener muchos muchos amigos.

Nació en Fuente Vaqueros, un pueblecito de la Vega de Granada. Era un lugar maravilloso, con muchos árboles y agua por todas partes. Vivían también allí muchos niños con los que se podía jugar todo el día.

Tenía dos hermanos: Francisco y Concha y un montón de primos y primas. Su papá se llamaba también Federico y era de los más ricos labradores de la comarca. Vicenta, su mamá, había sido maestra y, aunque tuvo que dejar ese trabajo para criar a sus hijos, siguió enseñando a leer a muchísimas personas.

Desde muy pequeño a Federico le tocó aprender que si se cierra una puerta, se abren otras; que si te pasa algo que no te gusta, pueden pasarte inmediatamente otras muy agradables. Así, cuando él nació, su madre se puso muy enferma; estaba tan débil y tan triste que no tenía fuerzas para criar a su hijo recién nacido… ¿y qué pasó? Que otra mujer le dio la teta. A las mujeres que hacen esto les dicen ‘nodrizas’. De esta manera, Federico tuvo otra mamá más y además de su familia, tuvo también una “hermana de leche”.

Otra cosa le ocurrió: nació con los pies planos y con una pierna más corta que la otra. Empezó a andar cuando tuvo cuatro años y nunca aprendió a correr. Por eso, fue siempre un poco miedoso y no se atrevía a cruzar la calle solo. ¿Qué puerta se abrió? Como tenía que estar muy quietecito, le cogió afición a quedarse mirándolo todo, observando los detalles, viendo los cambios de luz del sol cuando va pasando el día, percibiendo los olores…

Tenía mucha imaginación y, como no era un niño callado, todo lo que se le ocurría lo contaba con mucha simpatía. Eran lo que llamaban “las cosas de Federico”. Cuando le veían venir caminando con ese balanceo suyo tan entrañable, decían “Mira, por ahí viene Federico. A ver qué juego se ha inventado hoy”. Y efectivamente, organizaba un juego divertidísimo.

Por ejemplo, una vez fue a la iglesia y se quedó observando todos los detalles: los santos, las velas, los olores, la música, la gente que estaba rezando, el cura dando la misa… entonces fue a su casa y se inventó el juego de “decir misa”. Se disfrazó, puso velas y estampitas y le dijo a todos los de su casa que se quedaran allí. Era muy importante que durante el sermón la gente llorara… y hablaba con tanta emoción que siempre había alguien que lloraba de verdad.

Un tiempo más tarde, fue a su pueblo un teatro de títeres ¡y eso le gustó mucho más que las misas! Así que cambió el juego de decir misa por el de organizar funciones de teatro. Ahora el público podía llorar, pero también emocionarse de otra forma: reír, aplaudir…

Este fue uno de los juegos que nunca dejó de hacer, aún siendo mayor. Ya lo veréis.

Otro de los juegos que más le gustaba era hacer música. En su familia había muchas personas que cantaban y tocaban muchos instrumentos. Un tío de su papá –que se llamaba también Federico- llegó a tocar en un bar en el que había actuaciones, que se llamaba Café Cantante. Así que nuestro Federico tenía el mismo nombre que su papá y que un tío que había sido muy buen músico. Su tía y su mamá le enseñaron a cantar y, antes que supiera hablar, Federico tarareaba las canciones populares y se entusiasmaba con la guitarra.

Con sus primos y primas le encantaba jugar a cantar y tocar la guitarra, así que aunque no sabía correr, Federico fue un niño muy querido. Y esto no fue más que el comienzo, porque jugar con la música le dio toda su vida muchísimas satisfacciones.

Entonces no existía ni la televisión ni tampoco los ordenadores. Pero no creáis que por eso la gente se aburría. Al contrario, se jugaba mucho más y en grupo.

Un juego muy popular era leer a los demás en voz alta. Esto lo hacía la abuela y también la mamá de Federico; de modo que se reunían en la cocina junto a la candela y se leía para la familia y también para la gente que trabajaba allí. El escritor favorito era Víctor Hugo y siempre había quien lloraba de emoción…

Un día Federico se quedó asombrado ante un descubrimiento. Observando cómo araban la tierra vio como aparecía un tesoro: surgía antes sus ojos un mosaico romano muy muy antiguo. Fue su primer “asombro artístico” y estaba unido a la tierra. Y es que esta tierra en la que vivió de niño Federico es un lugar donde han vivido personas durante mucho tiempo y hay mucho de su arte por todas partes ¡hasta debajo de la tierra!. Esta tierra es la Vega de Granada, que está en Andalucía.

Aquellos eran días muy felices: todo era pueblo, campo, pastores, cielo, soledad. Sencillez.

Del pueblo había algunos personajes muy queridos por Federico, como Salvador “el compadre pastor”. Trabajaba en el campo para papá Federico y le daba muy buenos consejos. Era como de la familia y a Federico le encantaba escucharle junto a la chimenea de la cocina sus historias sobre duendes, hadas y lobos. Como era un hombre sabio de campo, conocía muy bien las hierbas y sabía curar con ellas los dolores y muchas enfermedades. También sabia cuándo iba a llover tan sólo mirando las estrellas.

Un día, el compadre pastor se murió. Federico se puso muy triste. Creía que nunca más volvería a sentir el gustirrinín que le daba escuchar sus relatos. Mientras más pensaba en esto, más triste se iba poniendo. Y es verdad que nunca más lo vería, porque cuando se mueren las personas nunca más las vemos. Pero en cambio, sí que podemos volver a sentir el mismo gustirrinín. Federico descubrió que si él contaba los cuentos del compadre pastor, que si cantaba las canciones que le recordaban a él, la tristeza desaparecía.

Federico empezó a jugar con la música cada vez más. Cantaba y tocaba la guitarra con sus primas y mientras más lo hacía, más amigo se hacía de las personas con las que jugaba.

En el colegio se aburría mucho, pero gracias a sus juegos tenía muchos amigos y como era tan generoso, repartía sus caramelos y bombones, sobre todo con los niños más pobres. No todos los niños eran sus amigos, pero si se metían con él, siempre había quien le defendía.

Un día fue a casa de una amiga suya y se encontró con una sorpresa: no le dejaron entrar ¿qué pasaba? Aquella familia era tan pobre que cuando su mamá lavaba la ropa, se tenían que quedar dentro de la casa desnudos: ¡no tenían más ropa! Federico se fue muy pensativo a su casa y abrió su armario. Estaba lleno de ropas limpias y fragantes. Sintió una gran inquietud y un peso frío en el corazón. Comprendió que su familia tenía mucho más dinero que otras familias del pueblo.

Otro día le vieron por su casa con el pan más grande que había en la despensa. Le preguntaron “¿Adónde vas con ese pan?” y él dijo “¡Es que unos niños tienen hambre!”: unos gitanitos estaban en su puerta pidiendo limosna.

Desde entonces, Federico defendió a los más humildes y a los desamparados. Nunca comprendió por qué no tenían casi nada esas personas que se habían portado tan bien con él, como el compadre pastor, su nodriza, las criadas que trabajaban en su casa o los niños que le defendían cuando otros le querían hacer daño. Y siempre hizo todo lo que pudo para que todas las personas fueran iguales.

* * * * *

Un día Federico tuvo que abandonar Fuente Vaqueros, el lugar que le había llenado de alegría con su agua, sus árboles y todas esas personas tan cariñosas. Sus papás querían que Federico estudiara mucho, pero en su escuela se aburría. Así que lo mandaron a la casa de un maestro que vivía en Almería, una pequeña ciudad andaluza. En esa familia se portaban muy bien, le enseñaban muchas cosas y le llevaban de excursión, pero Federico empezó a ponerse muy triste y a echar de menos su pueblo y su gente. Tanto, tanto, que acabó poniéndose muy enfermo y se lo tuvieron que llevar de vuelta al pueblo.

Pero aquella despedida había sido para mucho tiempo: en cuanto se puso bueno volvería a dejar el pueblo. Ahora sería con sus papás y hermanos, a otra pequeña ciudad: Granada.

Federico pensó que se moriría esta vez… pero no sería así. La alegría con que se crió este niño cerca de la naturaleza le acompañaría siempre.

Y para las veces que se sentía triste y echaba de menos todo lo que se dejaba en su pueblo, Federico echaría mano a su secreto mágico: los juegos de Federico.

 

GRANADA

Parecía que al irse a vivir a la ciudad, a Federico se le había acabado todo lo que él había amado. Parecía que se había terminado todo lo que le había gustado siendo niño. Parecía que perdería para siempre todos los juegos que habían llenado de alegría su infancia. Pero no. Cuando se cierra una puerta, se abren otras.

En aquella ciudad también había agua por todas partes, muy cerquita había árboles y montañas ¡que estaban cubiertas de nieve casi todo el año! A él, que tanto le gustaba quedarse mirando las cosas bonitas, encontró que había mucho donde detenerse a mirar. En aquel lugar, a la gente le encantaban las cosas pequeñas, ponían mucha atención en los detalles, eran muy primorosos. Por ejemplo, en aquella ciudad mágica todo se paraba cuando se ponía el sol. Todos sus habitantes dejaban todo lo que estaban haciendo y se quedaban mirando cómo se escondía el sol tras las montañas, pintando de rosa la nieve y tiñendo de multitud de colorines el cielo y las nubes.

Su nueva casa seguía siendo como en su pueblo: habían venido con sus papás y sus hermanos, las criadas. Sus tíos, tías y primos cada dos por tres los visitaban. Y muy pronto tendría una nueva hermanita: Isabel.

En el instituto la verdad es que no lo pasaba bien. Los niños se metían con él y le decían “Federica” porque no corría ni tiraba piedras como los demás. Los profesores eran muy aburridos y no le dejaban hacer dibujos. Él sentía allí la tristeza de los niños del último banco.

Él seguía siendo un niño y le encantaba jugar; era un niño grande, pero niño al fin y al cabo. Ya se había dado cuenta de que cuando se ponía triste, le venía muy bien jugar a algunos de sus juegos favoritos. Así que se puso a pintar. Esto enfadaba aún más a los profesores… pero encontró a un amigo: Manuel Ángeles Ortiz, a quien también le gustaba jugar a pintar. Entonces cuando estaban tristes se ponían a pintar, o también cuando estaban alegres… y se intercambiaban los dibujos. A Manuel le gustaba tanto este juego que nunca dejó de hacerlo y de mayor seguiría jugando a pintar.

Manuel y Federico se hicieron amigos inseparables. Un día fueron juntos al teatro. A Fede le gustó mucho la obra, tanto que cuando llegó a su casa siguió jugando a lo que había visto. Así que disfrazó de mora a una criada que él quería mucho: Dolores Cuesta “la mae santa”. Dolores no sabía leer ni escribir, pero tenía mucha sabiduría. Recitaba romances, cantaba y contaba cuentos y tenía una forma de hablar que sólo las personas de campo conocen.

Allí empezó a tener también amigos a los que nunca había visto. ¿Y eso cómo es posible? Pues veréis: estas personas habían jugado a escribir y a Federico le encantaba leerlos. A él, que le daba mucho miedo la muerte desde que vio fallecer al compadre pastor, le encantó saber que también se podían tener amigos que estaban muertos.

Sobre todo, le gustaba mucho leer lo que habían dejado escrito sobre Granada. Muchos de ellos habían venido de países muy lejanos y les habían gustado las mismas cosas que a Federico. Les llamaron “los románticos” y por ejemplo, uno de ellos había dicho que cuando hacía calor, en vez de quedarse todo seco, había más agua, porque se derretía la nieve. Por eso Granada era una mezcla de fuego, nieve y agua. ¡Lo mismo que él había sentido!

Pero no creáis que porque Federico no estaba a gusto en el instituto no le gustaban las cosas que se podrían hacer allí. Ya sabemos que le encantaba pintar, como a su amigo Manuel. También sabemos que le gustaba leer y lo que en ese momento le gustaba más que nada era ¡la música!. Cuando volvía de clase tenía en casa un profesor que le enseñaba a tocar el piano. También le enseñó muchísimas canciones populares, lo que se llama “folklore”. Este es uno de los mejores regalos que se pueden hacer, porque estas canciones acompañarían toda su vida a Federico y, como veremos después, las cantaría en montones de reuniones.

Con la música Federico era capaz de sentirse volando. Su profesor se daba cuenta de que Federico tenía un gran amor por la música y mucho talento; sabía que Federico sería capaz de llegar hasta las nubes y más alto todavía, así que como buen maestro le animaba a volar alto, aunque él mismo no había llegado tan lejos. Por eso, Federico empezó a jugar a inventarse sus propias canciones.

* * * * *

Pasó el tiempo y Federico se hizo mayor y llegó a la universidad. Allí la mayoría de los profesores tenían un trato frío y distante con sus alumnos. Pero había dos grandes profesores: Fernando de Los Ríos y Domínguez Berrueta, que seguían las ideas de la Institución Libre de Enseñanza. Eran muy modernos y querían que sus estudiantes se sintieran cerca de ellos. Por eso, uno de ellos, Domínguez Berrueta, invitaba a los estudiantes a su casa y organizaba viajes para que pudieran conocer de cerca todo lo que él explicaba en las clases.

Ocurrió que murió el profesor de piano de Federico. Éste se puso muy triste, porque lo quería mucho y porque ahora no tenía quien le siguiera enseñando música. Pero cuando más triste estaba se acordó de que cuando se cierra una puerta se abren otras…

Y así fue. Se había cerrado la puerta de aprender música con el viejo profesor, así que desde entonces se dedicó a aprender todas las canciones populares que escuchaba, como las que cantaban los niños.

Y también se abrió una puerta nueva: la de la poesía. A las dos semanas Federico se fue de viaje a Baeza con su profesor Domínguez Berrueta y otros estudiantes y pasó algo increíble: en este viaje conoció al gran poeta Antonio Machado.

Aquel día no lo olvidaría nadie: Antonio se puso a jugar a recitar sus poesías. En un momento se acordó de Rubén Darío, otro poeta que había nacido en América y que ya se había muerto. Federico se acordó también de su maestro de piano que había muerto hacía poco. Y ocurrió el milagro: jugaron a lo que estas personas tanto les había gustado: Antonio recitó poesías de Rubén y Federico tocó el piano y cantó lo que le había enseñado su maestro. ¡Es como si estuvieran allí con ellos!

A los pocos meses se fueron otra vez de viaje, esta vez fuera de Andalucía: por Castilla y Galicia. Allí conoció a Unamuno, que era un filósofo muy importante. Pero ¿qué es eso de ser filósofo? Pues es una persona que se dedica a pensar mucho. Estando en su casa volvió a ocurrir: cuando le preguntaron cómo era el sitio donde vivía, Federico se puso a tocar y cantar ¡qué mejor forma de mostrar cómo era su tierra que con las canciones que se cantan allí!

Los paisajes de Castilla, aquellas casas y aquel clima tan diferentes impresionaron a Federico. A la vez, se acordaba mucho de su familia y de todas las personas que él quería y que no conocían aquellos lugares tan bellos. De modo que empezó a escribir y a escribir. Cuando se vino a dar cuenta, había escrito un libro: “Impresiones y paisajes”.

Federico descubriría algo realmente importante: el arte era como un coche mágico que te lleva a todas partes. Si echaba de menos a sus personas queridas, la música le permitía recordarlas y era como si estuvieran con ellos. Cuando quería transmitir lo que sentía, la música le permitía hacerlo y en muy poco tiempo, todo aquel que le escuchaba lo comprendía. Con sus escritos podía hacer viajar a quienes no conocieran aquellos lugares. Con los dibujos era como si todavía estuviera en su pueblo ¿Qué os parece? Pues eso no era lo mejor: Federico empezó así a conocer su gran secreto mágico. Escribir, tocar música, cantar y pintar eran juegos que cada vez le gustaban más y mientras más lo hacía, en vez de aburrirse, le divertían más y más. Para colmo, cada vez que jugaba empezaban a salir nuevos amigos. Y es que las personas cuando se transmiten los sentimientos más profundos nos sentimos cerca, porque es como si un hilo nos uniera y nos convirtiera en camaradas.

Esto es lo que llamamos jugar al arte.

* * * * *

El Café Alameda de Granada era un lugar adonde acudía gente muy pintoresca: trabajadores, torerillos, aficionados al flamenco, el público que salía de de un teatro cercano… Había siempre un grupo que tocaba música clásica al que todos escuchaban atentamente. Como Federico y sus amigos venían con mucha frecuencia, les reservaron un rincón para que pudieran hacer sus tertulias tranquilamente. Lo llamaron ‘El Rinconcillo’. Allí se reunían para jugar a hablar de arte. ¿Que cómo se juega a eso? Pues se leían unos a otros poesías, se debatían muchos temas, se intercambiaban pinturas, se daban consejos…

Las personas que acudían allí encontraron un lugar excelente para exponer ideas y gustos nuevos. Por ejemplo, allí iba mucho Manuel Ángeles Ortiz, que siempre hablaba de un pintor andaluz al que admiraban mucho en todo el mundo: Pablo Picasso.

En ese grupo tan creativo y un poco loco, nacieron muchas amistades y se apoyaban siempre que podían. Por ejemplo, un día Federico habló del libro que había escrito “Impresiones y paisajes”. Entonces uno dijo “Pues yo te voy a pintar la portada”. Y así lo hizo. También jugaban a hacer revistas en las que todos podían publicar lo que escribían.

Todo eso era muy importante, porque en aquel entonces en Granada sólo se publicaban escritos de muy pocas personas que siempre escribían sobre lo mismo y de la misma forma. Y como Federico y sus amigos de El Rinconcillo se aburrían mucho haciendo siempre lo mismo y no les dejaban publicar nada, encontraron en esta tertulia el lugar ideal para compartir lo que hacían e inventarse nuevas formas de jugar.

Se llegaron a hacer tan famosos, que cuando visitaba Granada algún artista de fuera, pasaba por El Rinconcillo.

Había personas de muchos gustos e ideas, pero en lo que todos estaban de acuerdo era que los juegos de Federico llevaban camino de convertirlo en un gran artista, como así fue. Pero para eso se necesitaría todavía mucho tiempo.

* * * * *

Federico volvió a viajar con su profesor Domínguez Berrueta y nuevamente se encontró con Antonio Machado. Volvieron a jugar a que Antonio recitara poesías y que Federico tocara una vez más el piano y cantara. También tocó el piano una chica que se llamaba María. Y lo hizo con tanto sentimiento que se enamoraron. Así es, las personas se pueden enamorar nada más por verse, por el sonido de la voz, por cómo se expresan los sentimientos, por la forma en que se tratan… pero también puede ser por el arte. Este es el principio, después tienen que pasar muchas cosas para que ese sentimiento no se difumine y el enamoramiento se transforme en un gran amor.

Federico y María se enamoraron pero después la cosa no siguió creciendo. De todas formas, ese sentimiento era muy fuerte y verdadero, así que el enamoramiento no se difuminó del todo, sino que se transformó en amistad. Como vivían lejos, se escribieron cartas durante mucho tiempo.

No sabemos si estaba dedicado a María o a otra chica, pero Federico escribió muchas poesías a su amor que no pudo ser, como la que decía:

“Nuestro beso está perdido

En lejanos labios del olvido

Donde jamás tendrá su amanecer”

Federico se sentía torpe después de este pequeño fracaso, pero tenía mucha ilusión de ser grande en el amor. Y como no sabía qué hacer, acudió a ese gran maestro suyo al que no había conocido nunca, pero podía leer sus libros: Rubén Darío. ¿Y sabéis qué aprendió? Que no había que desanimarse, sino aprender a disfrutar de la vida cultivando la curiosidad, la sinceridad, la capacidad de admirarse de lo que se percibe y el respeto a las personas. Todo eso podía hacerlo en la vida y también cuando jugaba con las palabras escribiendo poesías.

A partir de entonces, Federico confiaba más y más en su inspiración y buscaba su propia manera de escribir. Por eso, decía que no se debe decir de una obra de arte que es ‘buena o mala’, sino si te gusta o no. Y eso va a depender mucho si está hecha con el corazón, más que si está hecha a la moda.

Pero no penséis que siempre es fácil actuar con corazón. En este momento Federico empezó a comprender algo muy importante y por lo que lucharía toda su vida. Ahora mismo os lo voy a contar:

Hay veces que las personas no pueden alcanzar algo que desean con todo su corazón. Eso puede ocurrir por muchas razones, pero si te das cuenta, lo lloras y lo intentas cuando tengas otra oportunidad, pues no pasa nada. Pero en cambio, en ocasiones lo que se hace es enfriar el corazón para no sentirlo y cogerle asco a aquello que tanto deseabas. Eso es lo que le pasó a la zorra con las uvas:

 

FÁBULA DE LA ZORRA Y LAS UVAS

Érase una vez una zorra que estaba paseando. Al pasar junto a una parra de la que colgaban grandes racimos de jugosas uvas, se le antojó comérselas. Trató de conseguir las uvas empinándose, pero estaban demasiado altas. Entonces comenzó a dar saltos cada vez más grandes, pero nada, no llegaba a alcanzarlas. Mientras más lo intentaba, más ganas le entraban de comerse las uvas. Entonces subió por el tronco de la parra, pero a mitad de camino se resbaló. Se moría de ganas de comer aquellas uvas, así que subió por la tapia que había junto a la parra, saltó sobre un racimo… pero cayó al suelo sin ni siquiera tocarlas. Pasó de esta forma un rato largo y en vista de que no conseguía alcanzarlas, se dio media vuelta y se fue diciendo: “¿Para qué voy a seguir intentando coger esas uvas? En realidad no son tan sabrosas: no están maduras”. Y COLORÍN COLORADO ESTE CUENTO SE HA ACABADO.

Hay veces que las personas nos comportamos igual que la zorra de esta fábula. Si reaccionan así muchas muchas veces, empiezan a ponerse frías y duras, como si tuvieran una armadura. Entonces, cuando se hace daño a otra persona cuesta trabajo decir “lo siento” y hacer las paces. Es cuando empiezas a comportarte de una forma que se llama “putrefacta”, como los niños que le decían “Federica” a nuestro artista porque lo veían diferente. Si en alguna ocasión te ocurre, no hay por qué asustarse: todas las personas tenemos fallos y podemos comportarnos algunas veces como “putrefactos”. Pero claro, si se hace en muchas ocasiones, la persona se va poniendo cada vez más fría y rígida y ya les cuesta ser amorosos, reírse con ganas, jugar y divertirse. Empieza a olvidarse cómo es ser auténtico y ya sólo se saben comportar de una sola manera. Esto le pasaba a los escritores de Granada, que sólo sabían jugar al arte de una forma y no querían que los que se reunían en El Rinconcillo se inventaran otra forma de jugar, ni publicaran lo que escribían.

Cuando a esa persona ya le empieza a dar miedo sentir cariño y, lo peor de todo, no tolera ninguna expresión viva, ningún movimiento libre y natural… entonces se convierte en un “putrefacto”. Estas personas son ya peligrosas y hay que rebelarse contra ellas.

Por eso, Federico lloró por su amor perdido con lágrimas de verdad, pero también con las lágrimas de la música y de la poesía, como había aprendido de Rubén Darío.

Y se rebeló ¡vaya si se rebeló! Empezó a escribir sobre esas personas a las que les da rabia que los demás se quieran y disfruten de la vida. Les meten miedo diciéndoles que se van a ir al infierno. A esos que prohíben, sobre todo a las mujeres, decir tranquilamente que tienen ganas de abrazar y de acariciar a otra persona. A quienes mandan a los demás a la guerra para matar a sus semejantes.

Federico soñaba con un mundo en que nadie pasara hambre, mientras que a otros les sobraba, como vio en Fuente Vaqueros. Sintió compasión por los más débiles, se acordó del compadre pastor y de la mae santa, que tantas cosas le habían enseñado, pero que no podían tener amigos de los libros, porque no sabían leer ni escribir. Y soñó con que todos pudieran ir a la escuela. Pero no a esa escuela que a él tanto le aburría, sino la de los maestros que enseñan la paz y que liberan del miedo y del odio.

Y ese sueño lo llevaría con él toda la vida.

Para rebelarse, Federico podía haber cogido una pistola y declararle la guerra a los putrefactos, pero eso acabaría convirtiendo a Federico en un putrefacto también. Federico usó un arma mucho mejor y divertida: jugar con su arte.

¿Y a que no sabéis en qué se inspiraba Federico para jugar con su arte? En su pueblo, en los árboles y el agua de allí, en los juegos y en las canciones con las que jugaban al corro los niños de Fuente Vaqueros.

Por eso, Federico se apresuró en terminar de corregir su libro de “Impresiones y paisajes”. Con él quería comunicar cómo eran los paisajes que había conocido en sus viajes para otras personas que no habían estado allí. Había escrito de Castilla y también añadió algunos de sus paisajes favoritos: las puestas de sol de Granada. Aquellas palabras escritas estaban llenas de música, porque eran melodiosas y hablaban de lugares llenos de armonía como los acordes de una guitarra.

Le pidió a su papá que le ayudara publicar el libro. Papá Federico se lo pensó bastante y consultó a varias personas y finalmente dijo que ¡SÍ!

Os podéis calcular qué pasó con el libro de Federico: que con él empezó a tener nuevos amigos.

 

PARTE SEGUNDA: JUGANDO AL ARTE Y A VIAJAR

 

MADRID

Algunos de los amigos de El Rinconcillo se habían ido de Granada a un lugar adonde había muchas personas que jugaban con el arte como a ellos les gustaba: Madrid. Desde allí mandaron una carta a Federico animándole a que se fuera con ellos. Fede pensó que en aquella ciudad podría escribir mucho mejor y le dijo a sus papás que quería conocer aquello. Les dijo que se aburría mucho en la Universidad de Granada porque la mayoría de los profesores eran unos carcamales. También en Granada, los pocos que jugaban con el arte, se comportaban como unos putrefactos y no les gustaba que nadie jugara con ellos, ni que se inventaran nuevos juegos. Sus papás vieron que su hijo tenía razón. Su papá prefería que su hijo fuera abogado, para que pudiera ganar mucho dinerito, pero al final le dijeron que ¡SÍ!.

En Madrid había un lugar excelente para personas con curiosidad: la Residencia de Estudiantes. Vivían muchachos que querían compartir sus saberes y seguir teniendo dentro un niño con ganas de aprender. Había muchos sitios para jugar: un salón grande para hacer conciertos y charlas, laboratorios y campos de deporte. Allí sí que cada uno podría hacer las cosas a su estilo. Esto era justo lo que Federico quería que fuera una escuela, pero con adultos.

Y pasó lo que tenía que pasar: sus amigos de El Rinconcillo le acogieron en Madrid y le ayudaron para que conociera a mucha gente. Entonces Federico empezó a tener más y más amigos.

En la Resi, siempre que había ocasión, los compañeros recitaban lo que habían escrito, Federico tocaba el piano y cantaba mientras que sus compañeros le escuchaban y bailaban. De esta manera los lazos que los unían se iban haciendo cada vez más fuertes.

Conoció a un poeta al que Federico admiraba mucho por sus libros, pero que nunca había tratado en persona: Juan Ramón Jiménez.

Como también le gustaba jugar a los disfraces y al teatro, y se hizo amigo de un hombre que tenía un teatro que se llamaba Eslava.

Volvió a encontrarse con el filósofo Unamuno. Federico le preguntó “¿Y sigues pensando mucho?” y Unamuno le contestó “Sí”. “¿Y qué estás pensando ahora?” preguntó Federico. Unamuno dijo “En la forma en que todas las personas puedan ser sinceras sin miedo a que dejen de quererlas”. Aquello era muy importante para no convertirse en un putrefacto.

También conoció a un grupo de artistas que tenían unas ideas muy modernas. Habían aprendido de lo que se habían inventado en París Picasso y otros artistas. Federico era un chico listo y rápidamente se dio cuenta que todas aquellas novedades le vendrían muy bien a sus poesías. De lo contrario, acabaría como los putrefactos de Granada, que sólo sabían jugar al arte de una sola forma, rimbombante y cursi.

¿Cuál era el secreto de Federico para tener tantos amigos?: Su fórmula tenía dos componentes mágicos:

Por un lado, Federico era una persona muy abierta, en cuanto veía que no tenía delante un “putrefacto”, desplegaba toda su simpatía; hablaba con entusiasmo de todas esas cosas que a él siempre le gustaba observar con detenimiento; sabía encontrar en cada persona lo más entrañable y hablaba con sinceridad de sus sentimientos. En muy poco tiempo, se creaba una gran confianza y era posible comportarse con libertad. Cuando nos mostramos libres y honestos, permitimos que los demás también lo sean.

La otra parte de la fórmula mágica ya la conocéis: a Federico le encantaba jugar a su arte. Y no se lo quedaba para él, sino que lo compartía con gran facilidad. Y es que jugando a pintar, a leer lo que se escribe o a hacer música, se expresan los sentimientos de forma tan intensa y verdadera, que resulta bello a quien lo recibe. Sabed que los sentimientos son todos hermosos si los mostramos con sinceridad. Incluso cuando nos comportamos como unos “putrefactos” pueden serlo, si es que somos capaces de mostrar que, en el fondo, nos sentimos heridos y tenemos miedo.

 

MANUEL DE FALLA

Federico volvió encantado de su visita a Madrid y a la Residencia de Estudiantes. Pidió a sus papás que le ayudaran para irse a vivir allí después del verano. En Granada nunca encontraría tanta gente con la que aprender y jugar con su arte. Desde luego que volvería a Granada para estar con su familia y sus amistades de El Rinconcillo. En esas condiciones, sus papás le dijeron una vez más que ¡SÍ!.

Y claro que era una buena idea, porque en los dos lugares Federico podía inspirarse, escribir y conocer personas interesantes. Eso fue lo que le ocurrió aquel verano en Granada con Manuel de Falla. Federico hacía ya mucho tiempo que adoraba su música. Pues ahora podía estar a su lado, conversar y ahondar en su amistad ¡Qué maravilla! Descubrieron que tenían mucho en común: a los dos les encantaba la música popular, como un cante que hacían los gitanos de Granada: el zorongo.

Una noche ocurrió algo espectacular: fueron juntos a un concierto dedicado a Manuel de Falla, pues éste era ya un músico muy famoso. Después estuvieron paseando y se encontraron con otros amigos artistas en una casa muy linda. Tenía un jardín y desde la terraza podían verse las estrellas, Sierra Nevada, la Alhambra… Este tipo de casas granadinas se llaman “carmen”. Podía oírse el murmullo del agua y el repique de las campanas que regulaban el riego. Todo ello con la luz de la luna y los colores rosas de las farolas de alrededor. Les pidieron a unos músicos que tocaran la música de Falla, escucharon otra vez el agua y otra vez más pidieron más música de Falla. Así estuvieron un montón de tiempo. En un momento, Federico empezó a recitar una oda que había escrito a Granada con su voz emocionada…

 

EN LA RESIDENCIA

Federico se fue a vivir a la Residencia de Estudiantes, tal y como había soñado. Se hizo muy amigo de uno a quien le gustaba jugar haciendo cine: Era muy inteligente y atrevido, se llamaba Buñuel y acabaría teniendo la cara como un buñuelo, porque era bastante bruto.

Y de momento tuvo la oportunidad de hacer uno de sus juegos favoritos: el hombre que tenía el Teatro Eslava le pidió que escribiera algo para representarlo en su local. Federico estaba entusiasmado porque podían hacerse juntas muchas de las cosas que a él le gustaban: escribiría, se haría en un teatro, habría música, baile, disfraces…

Y Federico escribió una historia que llamó “El maleficio de la mariposa” y decía algo así:

“Érase una vez una mariposa que estaba herida. Cayó en un prado con la suerte de que un grupo de cucarachas le ayudaron. La cuidaron hasta que se curó. Una de las cucarachas se enamoró de la mariposa, pero en cuanto ésta se recuperó, se fue volando. La pobre cucarachita enamorada se murió de pena”.

¿Sabéis lo que pasó? Se hizo en el teatro ante un montón de público y bailó disfrazada de mariposa una mujer a la que llamaban la Argentinita. Pero a mucha gente no le gustó. No comprendían cómo podía aparecer en un escenario un animal tan feo como una cucaracha y mucho menos enamorada y recitando poesías.

Federico se rió mucho de aquel fracaso ¡qué se podía hacer si no! Precisamente lo que quería transmitir era que a veces a las personas nos pasa como a la cucaracha: que nos enamoramos por casualidad de alguien y puede ser que esa persona no merezca nuestro amor, porque sólo es capaz de ver lo feo, en vez de encontrar la belleza que guarda en su interior.

Pero no se desanimó. Volvería a escribir sobre el amor y sobre las criaturas que de alguna manera están excluidas.

Quienes sí habían empezado a desanimarse eran sus papás, que estaban de acuerdo en que Federico siguiera escribiendo, pero pensaban que tenía que seguir estudiando. Federico les convenció de que lo haría en Madrid, así que después de pasar las vacaciones de verano con ellos, volvió a la “Resi”.

Los papás le reñían por carta, porque no estudiaba mucho y le decían que tenía que pensar en cómo se ganaría la vida. Federico no dejaba de escribir, así que sus amigos le convencieron para que publicara otro libro con un montón de poesías que tenía guardadas en un cajón. Él se sentía muy inseguro porque hacía ya mucho que las había escrito y ahora ya las haría de otra forma…

Con la ayuda de sus padres, el libro se publicó con el título de “Libro de poemas”. Pero como no se vendieron muchos, no le sirvió para ganar dinerito.

Y ahora su papá sí que se enfadó de verdad. En Madrid no estudiaba y el libro no le había servido para ser un escritor famoso, de modo que lo castigaron y tuvo que irse a vivir a Granada.

 

EL CONCURSO

Federico era un poco informal con los estudios, esa es la verdad. Pero también era un chico listo y supo sacar del limón la limonada: en Granada aprovechó para aprender a tocar la guitarra flamenca y se dedicó a profundizar en su amistad con Falla.

Se les ocurrió un juego: organizar un concurso de cante flamenco. A los dos les gustaba mucho esta música, pero pocas personas le daban el valor que se merece. Por eso, muy pocos artistas flamencos podían ganarse la vida jugando con su arte. Con este concurso darían a conocer el flamenco para que pudieran disfrutarlo muchas personas.

Siempre que haces algo para ayudar a los demás, suele ocurrir que al final eso te ayuda también a ti mismo. Así, Federico aprendió mucho de los flamencos y de los gitanos.

Se dio cuenta que el cantaor es como un mago, que es capaz de reunir los sentimientos de las personas que le escuchan, los suyos propios y los de muchas personas que no están presentes. El cantaor los recoge y gracias a un duende, los mezcla en su interior y los saca cantando. Son los cantes que se han hecho en Andalucía desde hace mucho mucho tiempo y que nacieron de la unión de personas muy diversas que vivieron en esta región: musulmanes, judíos, cristianos, negros, gitanos, juglares castellanos, sudamericanos…

El concurso tuvo un gran éxito. ¿Y sabéis quiénes ganaron? Un viejecito que llegó a Granada caminando después de varios días; era El Tenazas, un cantaor que tenían casi olvidado. Y también un niño. Le llamaban Manolo Caracol.

Aunque Falla y Federico acabaron cansadísimos por todo el trabajo que había supuesto organizar El Concurso de Cante Jondo, todavía le quedaban ganas de jugar. Pensaron montar una obra de teatro con títeres ¡qué bien! ¡podía jugar con los títeres como los que había visto en su pueblo cuando era un niño!.

Pero Federico tenía que estudiar, así que cuando por fin acabó todos los exámenes montaron una representación.

En vez de hacerlo en un gran teatro como ellos habían soñado, se representó en casa de Federico. Pudieron jugar con ellos un montón de gente: Falla tocó el piano, un amigo artista fabricó los títeres, Federico escribió y su hermanita pequeña y una amiga suya cantaron. Entre el público había muchos niños amigos de la familia. También Federico invitó a unos niños de familias pobres que, como no tenían dinero, tenían que trabajar vendiendo periódicos.

Por supuesto que todos lo pasaron muy bien.

 

MADRID CON DALÍ

Federico quería viajar cuando terminó sus estudios, pero sus padres le dijeron esta vez que ¡NO! Pero al menos le ayudaron para pasar una temporada en Madrid, en la “Resi”. Había pasado más de un año que no iba por allí.

Como era de esperar, sus amistades le recibieron muy bien y pasó algo realmente hermoso: llegó a la “Resi” un pintor que se llamaba Salvador Dalí.

En el corazón de Federico pasó algo muy especial: se enamoró de Dalí. Él ya venía notando hacía tiempo que, aunque conocía a muchas chicas, sólo sentía amistad hacia ellas. Sin embargo, con algunos chicos le pasaba lo contrario: le gustaban de una manera muy especial. Esto le provocaba mucha confusión y había empezado a dudar de sus sentimientos. Pero con Dalí no había duda: ¡se había enamorado!.

Y vosotros os preguntaréis ¿esto es posible? Quizás pensabais que el enamoramiento sólo ocurre entre un hombre y una mujer. Pues no, también un hombre puede enamorarse de otro hombre y lo mismo puede ocurrir entre las mujeres. Es más, hoy en algunos lugares pueden casarse, como en España.

Sin embargo, mucha gente se comporta con estas personas como unos putrefactos y dicen que eso no está bien y es una guarrería. Ya se sabe, hay quien se asusta de lo que es diferente y no es capaz de comprender que el amor es un sentimiento puro y libre. Por eso, puede dirigirse hacia cualquier persona. Siempre que las dos personas estén conformes –eso es muy importante-, tienen derecho a quererse.

Dalí de momento se integró en el grupo de Federico y se hicieron amigos inseparables.

Bueno, bueno… os podría contar miles de los juegos que organizaron los cuatro amigos. Se divertían mucho y también aprendían un montón unos de otros. En sus reuniones participaban también otros amigos y en ellas se hacían recitales de poesía y Federico cantaba. Se inventaban unas poesías muy locuelas y divertidas, jugaban a los disfraces y muchas veces salían a la calle con ellos puestos. Aquello era genial para Federico, porque siempre echaba de menos su pueblo, pero ¡aquí jugaba a las mismas cosas!

En estos encuentros apareció un gaditano muy interesante porque escribía y pintaba: Rafael Alberti. Federico le invitó a cenar y le rogó que le regalara un cuadro. Rafael le dijo que ¡SÍ!, así que Fede le llevó al jardín de la Resi. Allí había muchos chopos que había plantado Juan Ramón Jiménez, que además de poeta era muy buen jardinero. El viento hacía moverse las hojas de los chopos, creando una música única para la ocasión, Federico recitó sus poesías… Eran momentos mágicos, hermosos, irrepetibles.

En aquel tiempo entró en el gobierno un militar que se llamaba Primo de Rivera. Decía que era el único que sabía lo que había que hacer para mejorar España. Pero claro, no lo había votado nadie, sino que entró por la fuerza. Al rey Alfonso XIII le pareció bien pero a muchas personas le fastidió, como a Fernando de los Ríos y a quienes pensaban como él. Hubo una cosa que afectó mucho a Federico y a sus amigos y es que puso a unos putrefactos para que decidieran a qué se podía jugar. Eso se llamó la “censura”. Más adelante veréis qué pasó con esto.

Como Federico y sus amigos sabían que eran diferentes, se daban cuenta de que los putrefactos no los podían ni ver, así que se reían de sus comentarios, los pintaban vestidos de mil maneras, con diferentes edades y profesiones ¡ay, qué guasa!

 

CATALUÑA

Federico pasó momentos inolvidables cuando fue a Cataluña con Dalí. Éste le llevó para que conociera donde había vivido cuando era niño. A Federico le encantó ver que la luz variaba de tal manera, que estando en el mismo lugar, parecía que habían viajado a otro. Eran paisajes cambiantes, como el mismo Dalí, con quien se sentía tan a gusto.

Como los dos tenían mucha imaginación, disfrutaban muchísimo de todo lo que hacían: innumerables ratos en la playa, un paseo en barca, conversaciones con Ana María –la hermana de Salvador-, encuentros con la gente del pueblo…

Uno de los juegos que hacían era jugar a la muerte. A los dos les daba mucho miedo la muerte, así que Federico hacía como que se había muerto y se quedaba tumbado en el suelo. Lo llevaban a la cama y allí describía todo: cómo se iba descomponiendo, cómo lo metían en la caja y lo llevaban enterrar… y cuando más tristes estaban los presentes, se levantaba de un salto riéndose y diciendo. “¡Es mentira! ¡No me he muerto!”.

Ya sabemos que en estos juegos pueden participar personas que no están presentes. Esto es lo que pasó con el genial pintor malagueño Pablo Picasso. Aunque él no estaba allí en ese momento, sí que había estado antes pintando unos cuadros cubistas que se habían hecho muy famosos. Al recordarlo era como si Pablo también estuviera pintando con ellos.

Pero tuvieron que separarse: Federico volvió a Granada y Salvador se quedó en su tierra. Una pena, porque se divertían y aprendían mucho juntos.

 

GRANADA

Aquel verano fue muy triste para Federico, ya que estaba enamorado de Dalí y lo echaba mucho de menos. Pero se abrió una puerta nueva: Federico y Salvador seguían jugando en la distancia escribiéndose cartas. Además, cada uno por su parte expresaba la unión que había entre ellos. Dalí pintaba y pintaba, y en sus cuadros aparecían las cabezas de Federico y de él unidas, como si fueran una sola persona. Federico le escribió una poesía en la que describía lo que buscaba Salvador en sus pinturas y también hablaba del amor, el calor humano y la diversión que se daba entre ellos.

A Federico se le ocurrió un juego nuevo para poderse ganar la vida: dar una conferencia. ¿Y eso qué es? Pues se estudia mucho y después se habla a un gran grupo de lo que se ha aprendido.

Un poeta y buen amigo de Federico, Jorge Guillén, le invitó a dar una conferencia en Valladolid. Federico vio que era una gran oportunidad para hacer varias cosas a la vez que le gustaban: podía compartir con muchas personas lo que había aprendido, conocer a nuevos amigos ¡y ganar dinero!. Aquel día Federico lo dio todo: habló y no se pudo contener y empezó a recitar un montón de poesías que él mismo había escrito. Y porque allí no había piano, que si no ¡habría tocado y cantado hasta el día siguiente!.

En el público había muchas personas que no le conocían y comentaban: “¿De dónde ha salido éste?” “Nunca habíamos escuchado poesías que parecían antiguas y modernas a la vez” “Es un gran poeta pero ¿dónde están sus libros?”.

Federico tenía muchísimos escritos guardaditos en un cajón, esperando que un día pudiera publicarlas. Yo creo que también a Federico le daba un poco de miedo de que no le comprendieran. Por eso, ahora sólo recitaba sus poesías a sus amigos.

Pero esta vez había personas que no le conocían ¡y también les había gustado! Todos decían que era un gran poeta y como recitaba con tanto salero y tanta emoción decían “¡Es un juglar!”.

Aquel éxito fue fantástico… ¡pero no ganó mucho dinerito! Y sus papás le regañaron.

Fue una época difícil para Federico, ya que sus papás no le dejaban hacer lo que más ganas tenía: viajar y jugar con sus amigos al arte. Estaban empeñados en que se tenía que hacer un hombre serio para ganarse la vida. Afortunadamente, pasaba mucho tiempo en una casa de la Vega de Granada que tenía su familia. Se llamaba ‘La Huerta de San Vicente’ y allí, entre árboles frutales, agua y campo, Federico escribía y escribía.

Dalí en cambio sí que viajaba. En una carta le contó algo realmente fantástico: había viajado a París y había conocido a Pablo Picasso; ya no quería volver a Madrid, sino que quería irse allí para estar más cerca de él y del montón de personas que en este lugar jugaban con su arte con muchísima libertad.

Fede tuvo un sentimiento doble: por un lado se alegraba muchísimo de lo que estaba viviendo su amigo, pero por otro, se sentía triste porque sabía que cada vez era más difícil verle. Pero seguían unidos: las cosas de Federico aparecían en los cuadros de Dalí y las suyas en las poesías y en los dibujos de Federico.

Y de pronto, todo empezó a fluir: Dalí hizo una exposición con las pinturas en las que aparecía Federico. Éste publicó un libro llamado “Canciones”, una actriz muy famosa –Margarita Xirgú- quería jugar al teatro con una historia escrita por Federico: “Mariana Pineda”. Federico pidió a sus papás que le dejaran ir a Barcelona para jugar con ella ¡y le dijeron que SÍ!.

 

CATALUÑA. MARIANA PINEDA

Aquello era un sueño: jugó al teatro en Barcelona y comenzó una gran amistad con Margarita Xirgú. Dalí jugó también pintando los decorados. Era curioso, porque nunca había estado en Andalucía, pero el entusiasmo de su amigo Federico describiendo su tierra, le hicieron pintarla como si hubiera vivido allí toda su vida.

Mariana Pineda era una mujer granadina que luchó mucho por su amor y por la libertad. Por eso, la obra gustó mucho a todos los que se sentían oprimidos por el gobierno de Primo de Rivera.

Una vez más, el arte ayudó a que las personas se entendieran mejor. Federico despertaba mucha simpatía con su alegría desbordante, su fina sensibilidad y el sabor del Sur que rezumaba por los poros. Ahora los catalanes y los andaluces se sentían más cerca.

Poco después se fue a la playa con Dalí y su hermana Ana María. Se llevaba muy bien con los niños y de momento inventaba un juego. Una vez un niño le dio una piedra y le dijo: “¿Qué pone aquí?” y dijo Federico “Esta es una carta de María Pepita y dice así: ‘Queridos niños, soy una piedra y estoy aquí hace muchísimos años. Los más felices son los que serví de techo a un nido de hormigas. Estaban tan seguras de que yo era el cielo que me lo creí. Ahora sé que sólo soy una piedra y este recuerdo es mi secreto. No lo digáis a nadie’ ”.

Pero finalmente tuvieron que separarse. Y no fue fácil, porque Federico estaba muy enamorado de Salvador y él, aunque lo quería mucho, no lo estaba de la misma manera. Así que esta vez, además de la distancia entre Cadaqués y Granada, se añadió una distancia entre sus corazones. Afortunadamente, el arte seguía haciendo de pegamento entre ellos.

 

MADRID. MARIANA PINEDA

Antes de volver a Granada, pasó por Madrid, donde Margarita Xirgú había ido a jugar al teatro. ‘Mariana Pineda’ gustó mucho allí también y ya se podía ver que Federico además de escribir poesías, le iba muy bien escribir historias de teatro.

Como siempre pasa con el arte, a Federico le salieron nuevos amigos, como Vicente Aleixandre y Luis Cernuda. Con ellos intimó de una forma muy especial, porque también eran poetas andaluces y se comprendían muy bien en asunto de amores.

Para celebrar el éxito de ‘Mariana Pineda’ en Madrid hicieron una gran comida y se reunieron un montón de amigos de Federico. Y claro que además de comer jugaron con las palabras: se inventaban discursos, se recitaban poesías y también se leyeron cartas de los que no habían podido estar allí, como la de Dalí.

Pero hasta en estos momentos felices puede haber quien se comporta como un putrefacto. Esto le pasó a Buñuel, que se sentía envidioso de los éxitos de Federico y también de la amistad que le unía con Dalí. Así que se puso a criticar a Federico para que Dalí le cogiera manía. Y, claro, mientras más lo hacía, más se le iba poniendo la cara como un buñuelo.

 

SEVILLA

Federico y un grupo de amigos tuvieron una idea estupenda: reunirse para recordar a un poeta cordobés muy antiguo: Luis de Góngora. Esta idea gustó mucho a un amigo: Ignacio Sánchez Mejías, que invitó a todos a Sevilla. Y es que Ignacio, además de ser torero, le gustaba mucho el arte.

Estuvieron dos noches jugando: Federico y Rafael Alberti leyeron poesías de Góngora, otros hablaron de su obra y de otros escritores -de los que estaban muertos y de los que estaban más vivos entre los vivos. Jugaron a recitar los propios versos… os podéis imaginar que hubo momentos mágicos, en los que los poetas y el público se encontraban unidos por los hilos invisibles que crea el arte. Así ocurrió cuando Federico recitó poesías que nadie había escuchado antes, porque las tenía guardadas en su cajón. Se le habían ocurrido años antes, cuando organizó el juego del Concurso del Cante Jondo. Su voz emocionada era como una voz antiquísima, que brotaba de las profundidades de Andalucía.

Era el año 1927. Aquel momento fue inolvidable, los que se reunieron allí hacían juegos con el arte tan lindos, había tanta armonía entre ellos que llamaron a aquel grupo ‘La Generación del 27’.

Ignacio Sánchez Mejías y la Argentinita se habían hecho amantes. Organizaron una fiesta divertidísima: todos jugarían a disfrazarse de árabes, con turbantes y chilabas. Estuvieron toda la noche recitando versos y contando anécdotas. La guinda de este pastel tan sabroso fue la aparición del cantaor de flamenco Manuel Torre. Decía Rafael Alberti que cantó como un bronco animal herido, un terrible pozo de angustias, igualito que los gitanos hacía muchísimos años. El duende flamenco estuvo presente en aquella fiesta.

Otra noche, el grupo de amigos decidieron cruzar el río Guadalquivir. En aquel tiempo no había tantos puentes, así que lo hicieron en una barca. Era una noche en la que el río estaba revuelto. Al principio se reían todos mucho con los vaivenes de la barca, pero pronto empezaron a ponerse más serios. Si os digo la verdad, yo creo que no fue para tanto como después se contó, pero como todos los amigos eran poetas, describían lo que pasaba con frases de lo más rimbombantes, como que había sido una travesía heroica por el Betis desbordado, por un río crecido, inmenso toro oscuro que quería la barca para sí y para el mar… Se contagiaron el miedo unos a otros, Federico estaba aterrado, convencido de que iban a morir ahogados. Pero al final no pasó nada y del miedo volvieron a la risa de nuevo.

 

GRANADA. LA REVISTA GALLO

De vuelta a Granada, Federico estuvo jugando con artistas jóvenes a hacer una revista que se llamó gallo. Querían que fuera una posibilidad para dar a conocer cómo jugaban al arte los jóvenes de Granada y también de otros lugares como Dalí y Pablo Picasso.

Como se hacían juegos diferentes a los que se habían hecho antes, muchos putrefactos de Granada se enfadaron. Pero en Madrid y Cataluña gustó mucho, tanto que sirvió para que hubiera más comunicación y armonía entre todos. Y es que eso pasa con las personas, que le tememos a lo desconocido, pero basta con que mostremos lo más profundo de nuestro corazón para que nos demos cuenta de que, aunque seamos peculiares, en el fondo no somos tan diferentes. Y para comprender eso, jugar con el arte funciona muy bien, ya lo sabemos.

 

MADRID. EL ROMANCERO GITANO

Por fin se publicó el ‘Romancero Gitano’, un libro de poesías inspirado en lo que vivió Federico en Granada cuando jugó a organizar el Concurso de Cante Jondo. Él mismo había pintado la portada y fue un exitazo tan grande que empezó a hacerse famoso.

Federico estaba contentísimo de que sus juegos se conocieran en muchas partes y poder ganarse la vida con ellos, sin necesidad de convertirse en un hombre serio.

Pero había algo que entristecía su corazón: hacía mucho que no veía a Dalí y los desacuerdos con él eran constantes: Salvador le escribió en una carta que no le gustaba su libro del ‘Romancero Gitano’, ni la revista gallo. Y eso que en sus pinturas seguía apareciendo Federico y que en los escritos de éste cada vez se notaba más la influencia de su amigo. ¿Qué estaba pasando? Aunque el arte los acercaba, la distancia entre ellos era cada vez mayor. Seguramente que era porque no se habían visto en mucho tiempo y porque Buñuel estaba haciendo lo posible por enemistarlos. Y lo estaba consiguiendo aunque, eso sí, Buñuel se hacía cada vez más bruto y su cara se iba pareciendo a un buñuelo.

Federico estaba contento y triste a la vez, acompañado de gente que le quería y solo al mismo tiempo. Entonces empezó a hacer lo que yo creo que fue una tontería: buscó el amor y la compañía que le faltaba de Dalí en un hombre al que escogió sólo porque era muy guapo. Se llamaba Emilio y es verdad que hacían muchas locuras y se reían mucho juntos, pero muy pronto este romance se convirtió en un desengaño. Entonces Federico empezó a sentirse más triste todavía.

La tristeza es muy dura cuando se prolonga durante muchos días, porque cierra la puerta de la alegría. El mejor consuelo de Federico era escribir y encontró que se abrían otras puertas: esa tristeza fue la semilla y la escala de luz de sus poesías. En ellas su inspiración volaba, unas veces se posaba en las cosas antiguas, como las canciones de cuna que cantaban las campesinas de Fuente Vaqueros. Otras en las más modernas como el arte surrealista de Picasso.

Pero muchas veces los problemas vienen todos juntos: los putrefactos de la censura prohibieron que se jugara a un teatro nuevo que había escrito Federico. Para colmo, Buñuel y Dalí jugaron juntos a hacer una película que se llamó “El perro andaluz”. En ella se metían con su amigo con un lenguaje secreto, pero que Federico descubrió de momento.

Jugó a dar conferencias, dio un recital en la Resi, fue a ver el éxito de ‘Mariana Pineda’ cuando Margarita Xirgú actuó en Granada. Pero nada, todo lo que le había hecho feliz, no le servía de nada.

Así que pensó que le vendría bien cambiar de aires y viajar. Siempre había querido salir de España y conocer el arte más moderno que hubiera, así que decidió irse a Nueva York, la ciudad donde había más adelantos del mundo. Pidió a sus padres que le ayudaran, les dijo que en España los putrefactos de la censura no le permitían jugar a su gusto. En cambio, allí aprendería a hablar inglés, se haría famoso y podría ganar mucho dinerito. Sus papás lo vieron tan triste que le dijeron que ¡SÍ!. De modo que hizo las maletas, se despidió de su familia y sus amistades, y se marchó.

 

NUEVA YORK

Federico, durante su travesía en barco hasta Nueva York, cuanto se le pasó el miedo a ahogarse en el mar, empezó a llenar su alma de sol y mar. Le acompañaba su antiguo profesor Fernando de los Ríos, que ya no aguantaba más con el gobierno de Primo de Rivera, porque no le dejaban ni dar clase.

Cuando llegó, había muchos amigos esperándole para acompañarle en su estancia. Federico estaba asombrado de aquella ciudad, con sus rascacielos, la variada multitud de razas que vivían allí, la velocidad y el ruido de los coches, los anuncios luminosos, los aeroplanos… Muy pronto empezaron a ocurrir “las cosas de Federico”: se encontró por casualidad por la calle a un antiguo compañero de la Resi. Aquello era rarísimo, pero la magia acompañaba a Federico y encontraba a amigos entre tantos millones de personas en la otra mitad del planeta.

Pero empezó a tener problemas. No era tan famoso en Nueva York como creía porque allí no se habla español. Y como a él le costaba mucho aprender inglés, no pudo jugar a dar conferencias, ni a hacer teatro. Así que tuvo que pedirle a sus papás que le mandaran más dinero. Y es que aunque siempre le acompañaban amigos que le atendían en todo lo que podían, vivir en Nueva York es muy caro y allí lo más importante no eran los amigos, sino el dinero.

Fue a la Bolsa de Wall Street, adonde sólo se jugaba a ganar dinero. Era un espectáculo esplendoroso, desenfrenado y cruel: tumultos, gritos, luchas, personas frías temblando al contar los billetes… Federico empezó a desinflarse. Aquella deshumanización le robaba su vitalidad.

Como no era capaz de hablar inglés, en las reuniones a las que acudía se comunicaba cantando sus canciones. Le encantaban los negros, su música, su forma de ser tan cariñosa, su belleza. Verlos bailar era tan hermoso como ver salir la luna en el mar. Sus cantos le recordaban al Cante Jondo y al ver que los negros eran muy pobres se acordó de los gitanos.

La tristeza que sentía en aquella ciudad tan violenta y excluyente, la vertía en sus poesías. Escribía de los horrores que contemplaba y también de la rabia que le daba tanta injusticia; de la compasión que le despertaban los perseguidos, las minorías, los diferentes, los rechazados. Él se sentía también parte de ellos.

Se fue a buscar consuelo fuera de la ciudad, a una casa en el bosque. Pero aunque le acompañaban algunos amigos, sentía cada vez más nostalgia de su tierra, de sus paisajes, de todo lo que él amaba. Y escribía, y escribía.

¿Qué le pasaba a Federico? Jugaba con las palabras, con la música, contemplaba quietecito la Naturaleza, y eso le hacía sentir bien, pero inmediatamente le inundaba la tristeza de nuevo. Era como un saco lleno de agujeros por donde se escapaba toda su energía.

Cuando volvió del bosque se encontró con que la ruina y la desesperación se habían adueñado de aquella ciudad. Era “el crack de Wall Street”: lamentos, suicidios y el vacío de quienes vivían sólo para el dinero y lo habían perdido todo.

En medio de aquel desastre, apareció una luz al final del túnel. Le llamaron para jugar a dar conferencias en Cuba. Allí hablaban español y conocían muy bien los juegos de Federico.

Antes de marcharse fue a todos los teatros que pudo y a los musicales de los negros. Pudo dar algunas conferencias y también pasó muy buenos ratos jugando con sus nuevos amigos y otros que venían de España, como la Argentinita e Ignacio Sánchez Mejías. Hasta que por fin hizo de nuevo las maletas y emprendió el camino a Cuba. Allí comprendería por qué Nueva York le robaba su alegría.

 

PARTE TERCERA: ÉXITO HASTA EL FINAL

 

CUBA

La sorpresa de Federico fue mayúscula cuando llegó a Cuba: ¡aquello le recordaba muchísimo a Andalucía!

Algunos momentos cerraba los ojos y creía que estaba en Málaga o Cádiz. Sentía la suavidad del aire, el ritmo acariciador de la ciudad de la Habana y se le venían a la memoria las canciones que había escuchado de chiquitito, las habaneras. Los abría y ¡no podía ser! Veía los mismos edificios, la misma forma de sonreír… los volvía a cerrar y, al abrirlos de nuevo, se daba cuenta de que era diferente: había más negritos por la calle y aquello era aún más animado y relajado.

Aunque en Nueva York había hecho muy buenos amigos, el contraste era espectacular. La libertad se respiraba en las calles: enamorarse allí era mucho más natural. El hechizo que sentía era mutuo: allí ser poeta era como ser un príncipe en Europa; los cubanos admiraban a los que jugaban con las palabras tanto como en Nueva York admiraban a los que jugaban con el dinero.

En Cuba encontró a muchos amigos que le querían mucho. Unos porque ya los había conocido en España y otros porque habían pasado momentos tan hermosos leyendo el “Romancero Gitano”, que se sentían sus hermanos…

Allí sí que era famoso. Y lo que son las cosas, en Cuba no había tanto dinero como en Nueva York, pero Federico empezó a ganar un montón jugando a lo que más le gustaba. Esto no sabéis lo difícil que es, porque para poder ganarse la vida como poeta hay que poner mucho empeño… hasta que llega un momento en que te sonríe la suerte.

Federico hizo de poeta-juglar: cantó, recitó, dio conferencias… Era lo mismo que había vivido desde niño en la cocina de su casa de Fuente Vaqueros, lo mismo que había hecho con sus amistades en la Resi. Y aquí a la gente le encantaba, jugaban en el teatro más grande de La Habana… y siempre estaba repleto.

Visitó mucho “la casa encantada” de unos amigos. Era como un palacio con muebles y obras de arte modernos y antiguos de todo el mundo; con un jardín que era como una selva, con animales y todo. Allí y en muchos más sitios Federico se divirtió de lo lindo: se rió, salió de juerga por las noches y, cómo no, se volvió adicto a la música de los negros. Le encantaba una que se llamaba “el son”. Y naturalmente, escribía y escribía. Jugar con la poesía era ya una necesidad: cuando había estado triste había escrito ¡y ahora que estaba alegre también!.

Una vez, un amigo fue muy preocupado a visitarlo al hospital porque estaba malito ¡y se lo encontró en la cama muerto de risa tocando las maracas y rodeado de amigos!.

Pero como ocurre en todas partes, no todo era felicidad. Allí también había amigos celosos. También había putrefactos y políticos a quienes no les gustaba lo que hacía Federico, ni que hubiera tanta libertad. Y los negros, a quienes tanto quería, también eran muy pobres. Por eso, en Cuba había vuelto a ser como en Fuente Vaqueros: un niño feliz y juguetón que no olvidaba a los pobres y excluidos.

Cuando Federico tomó el barco para volver a España, había dejado su arte por todos los rincones que conoció. Y también se llevó canciones, alegría de vivir y muchísimos escritos inspirados en los buenos ratos que pasó en Cuba, aquella isla mágica con la que había soñado de pequeño, cuando se quedaba horas y horas mirando los dibujos de la caja de puros habanos que fumaba su papá.

No creáis que exagero. El último día tuvieron que llevárselo en volandas: porque el barco estaba a punto de salir, todavía ni había hecho las maletas y no paraba de recitar poemas… Y cuando ya estaban llegando a Cádiz, el capitán se quedó solo para llevar el barco a puerto: ¡el pasaje y todos los marineros no paraban de cantar y de jugar con Federico!

 

DE VUELTA A ESPAÑA

La llegada de Federico a España, después de un año en América, era esperada por un montón de gente. Desde luego que por su familia y sus amigos ¡pero también por muchas personas que él no conocía! Federico se había hecho famoso.

Adonde iba, Federico recibía una bienvenida llena de abrazos interminables, reencuentros y un montón de noticias: Dalí se había echado novia, el dictador Primo de Rivera se había ido de España, Fernando de los Ríos había vuelto a dar clases en Granada…

A pesar de tanta felicidad, había muchas tensiones por todas partes. Aunque ya no estaba el dictador, el rey Alfonso XIII había mantenido todo casi igual, como los putrefactos de la censura, que seguían vigilantes. Por eso, Fernando de los Ríos y muchas personas que querían construir una España nueva, planearon crear una forma de gobierno en la que no estuviera el rey. Esto es lo que llamaron la República. Claro, el rey se enfadó tanto, que los envió a la cárcel.

Por culpa de la censura, no se podía llevar al teatro lo que había escrito Federico en América. Así que pronto se quedó sin dinero. Había que salir adelante, de modo que grabó un disco con la Argentinita. Ella cantaba las canciones que Federico le había enseñado y él tocaba el piano. Fue un exitazo. Gustó mucho en toda España y también en América.

Ahora en todas las casas se escuchaban las canciones que Federico había cantado con sus amigos jugando al corro en Fuente Vaqueros, las que le cantaba la mae santa Dolores Cuesta y todas las chachas y campesinas que había conocido de niño.

Federico se quedó a vivir en Madrid, en una casa donde estaban muchos de sus amigos. Allí jugaban sin parar. Así ocurrió con Margarita Xirgú, con una obra que Federico tenía guardada en un cajón: “La zapatera prodigiosa”. Tuvo mucho éxito y además la amistad entre ellos se hizo más y más grande.

Por su parte, Rafael Alberti también jugaba al teatro.

Que hubiera tantas personas que jugaran al teatro de una forma nueva no gustaba nada a los putrefactos, pero en este momento, estaban perdiendo fuerza.

Cuando hubo elecciones ganaron los que querían la República. El rey comprendió que había muchísimas personas que querían que se construyera una España nueva sin él. De nada servía intentar hacerlos callar con la censura, la policía y la cárcel. Así que se fue. Y nació la República.

 

LA REPÚBLICA Y LA BARRACA

Con la República se abrían un montón de posibilidades para hacer justicia con los más desfavorecidos. Federico quería aportar todo lo que pudiera en lo mejor que se le daba: jugar con el arte y la cultura.

Se empezaron a construir un montón de escuelas para que las personas pobres pudieran aprender a leer y a escribir. Incluso se hizo una Biblioteca Pública en Fuente Vaqueros. El día que abrió sus puertas por primera vez, por supuesto que acudió Federico y animó para que pudieran leerse allí libros de todas clases. Así tendrían muchos amigos, incluso los que estaban muertos.

Su antiguo profesor Fernando de los Ríos salió de la cárcel ¡y entró en el gobierno de ministro! Entre otras cosas, organizó un juego genial con Federico: el teatro de La Barraca. Consistía en jugar con estudiantes representando las mejores obras de teatro por todos los rincones de España. Podrían verlas todo tipo de personas, incluso las que no habían ido a un teatro en su vida y no sabían ni leer ni escribir. Por eso, construyeron un teatro móvil con el que podrían jugar hasta en el más perdido de los pueblos.

Muchos amigos artistas de Federico aportaron lo mejor de sí mismos. Y como es natural, gracias a eso, se hicieron más amigos. Eso pasó con Vicente Aleixandre y Luis Cernuda.

Luis Cernuda decía que algún día, los niños de los colegios leerían sus poesías y lo querrían tanto como él. ¿Cómo pudo saberlo? Eso es justamente lo que está pasando hoy. Escribió un cuento sobre Federico que decía más o menos así:

“Un día, allá en la Vega de granada, nació un niño y asistieron todas las hadas. Una le dio el don de la simpatía, otra le dio ángel, otra le dio poesía… pero aún quedaba una que le dio el don de saber vivir. Este niño, que se llamaba Federico García Lorca, puso en práctica los dones de las hadas. Sus poesías gustaron apenas escritas, aún inéditas, sus amigos las copiaban y aprendían de memoria; encontraba editores para sus libros; hasta los dragones se dormían blandamente con ellas. Y, en fin, sus amigos eran amigos suyos verdaderamente”.

Luis Cernuda estaba triste porque un amor suyo le había olvidado. Federico le dijo que a él le venía muy bien escribir cuando estaba triste. Luis lo hizo y la alegría fue entrando otra vez en su corazón.

Había mucha expectación con el estreno de La Barraca. Nunca se había hecho algo así. Federico estaba convencido que la gente sencilla sería capaz de apreciar la calidad, pero Los más putrefactos decían que eso sería un fracaso, que a los campesinos no les iba a gustar, que no lo iban a entender y –todavía hay quien lo dice – que sólo la basura “se vende” bien.

¿Y sabéis qué pasó? Que gustaron muchísimo la obra, los decorados y la forma en que Federico había preparado a los actores.

Empezaron a mover La Barraca por un montón de sitios. La mayoría de las veces el público agradecía esta oportunidad de aprender y divertirse al mismo tiempo con el teatro. Pero también hubo sitios que les tenían miedo. Ya sabemos que lo desconocido puede generar desconfianza. Incluso hubo un lugar que fue un fracaso, aunque en eso también influyó que fueron algunos putrefactos dispuestos a fastidiar.

El arte ayuda a tener más amigos, ése era el gran secreto mágico de Federico. Pero también es verdad que cuando eres famoso, también puede crear enemigos. Por eso, cuando los periódicos hablaban de La Barraca algunos putrefactos estaban deseando encontrar cualquier fallo para criticar. La forma de jugar al arte de cada uno no tiene por qué gustarle a todo el mundo, pero yo creo que lo que les pasaba era que les daba rabia que Federico fuera un ser libre y que siempre pensara en los que tienen más problemas.

De todas formas, lo que más nos importa es que La Barraca jugó por un montón de sitios. Estuvieron en Madrid, Granada y en otras ciudades y también en pueblecitos. Estando en Galicia escribió una poesía y un amigo la tradujo al gallego. Federico se la aprendió de memoria y la recitó. Esto le encantó a la gente del lugar: ¡un andaluz recitando poesías en gallego! Eso es tan importante como hacerle un regalo precioso a tu madre. Por eso, Federico fue muy querido en Galicia.

Lo que más conmovía a Federico era el público y, aunque le gustó que viniera a verlo el presidente de la República, más le gustaba la sonrisa de los campesinos que, incluso bajo la lluvia disfrutaban y se emocionaban con los juegos de Federico… nunca olvidaría en Granada la cara iluminada de alguien que le había criado con mucho cariño: Dolores Cuesta, la mae santa. Por supuesto que Federico se ocupó de que estuviera en el mejor asiento.

 

BODAS DE SANGRE

La Huerta de San Vicente se metió en la pluma de Federico. Los paisajes, el agua, la luna, las personas que pasaban por allí -su forma de hablar, sus canciones… todo iba entrando en su tinta y cuando Federico jugaba a escribir allí, iban saliendo en forma de palabras en el papel.

Federico terminó de escribir “Bodas de Sangre”. Quería que su teatro ayudara a la gente a comprender que el amor es una fuerza tan grande, que si no se deja salir, se convierte en una energía destructiva. En esto las mujeres siempre se han llevado la peor parte, ya que desde hace mucho tiempo han tenido que callar sus deseos de amor.

Se fue corriendo a Madrid para jugar a ese teatro nuevo que se había inventado. Y aunque Madrid está lejos, de sus papeles aparecía la Andalucía mágica y misteriosa, la poseída por la fuerza de la Naturaleza, la de antes de que naciera Federico, muchísimos años antes, la de siempre.

Cuando se estrenó fue un éxito tan grande, que le pidieron que la repitieran un montón de veces más ¡Por fin podía hacer lo que más le gustaba y ganar dinerito! Ya no tendría que pedírselo más a sus papás.

Los amigos creaban juegos nuevos y se unían para jugar juntos. Un sueño hecho realidad. Con este deseo de estar en todos los sitios donde se hicieran sus juegos, se fue a Cádiz a ver a la Argentinita bailar la música de Falla “El Amor Brujo”. Y de nuevo a América. Esta vez sería a Argentina, donde muchas personas estaban deseando conocerlo.

 

ARGENTINA

Cuando estaba llegando a Argentina, parecía que desde el puerto de la ciudad de Buenos Aires podía verse la risa de Federico brincando en el barco. Le esperaban allí una nube de fotógrafos y muchísima gente que querían saludarlo. ¿Y sabéis con quién se entusiasmó más? Cuando la vio Federico se puso a gritar: “¡Es de mi pueblo, es de mi pueblo!”. Era Matilde, la hija del compadre pastor.

Igual que Matilde, había muchos españoles que se habían ido a vivir allá. Los que más contentos estaban de conocer a Federico eran los gallegos, que se habían enterado de que recitaba poesías en su lengua.

La noche que se hizo Bodas de Sangre en el teatro más importante de Buenos Aires, el éxito fue tan grande, los aplausos fueron tan calurosos, había tanto público entusiasmado, que fue la noche más triunfal que había vivido Federico. Nunca había pasado algo así con otro escritor español.

La gente le saludaba por la calle, le invitaban a dar conferencias en unos lugares enormes y repletos de gente. Y Federico jugaba y jugaba: hablaba, recitaba, cantaba… y cómo no, se inventó juegos nuevos: con su nuevo amigo Pablo Neruda hizo un discurso al alimón sobre el gran poeta Rubén Darío. Esto consistía en que uno decía una frase y el otro decía otra.

Le pidieron que jugara con el teatro de La Zapatera Prodigiosa, que fuera a Uruguay, el país vecino… Federico tenía pensado quedarse un mes, pero le reclamaban de tantos lados que se fue quedando dos, tres, cuatro… hasta seis meses.

Allí Federico ganó muchísimo dinero, tanto que pudo mandarles a sus papás, que ya estaban viejecitos. Y lo que era mejor, para eso no había tenido que convertirse en un hombre serio, ni había tenido que olvidar el niño que llevaba dentro. Federico era natural. A veces era tímido y otras era el centro de atención, pasaba de la alegría a la tristeza en un momento y volvía a cambiar. Y jugaba a escribir lo que él quería: arte que hacía reflexionar, dirigido a todo el mundo, a las persona de elegantes vestidos y con cargos importantes. Y también a quienes usaban alpargatas y no sabían leer.

Cuando se fue de vuelta a España, tuvo que despedirse y dar las gracias por la radio, ¡si lo hubiera hecho uno por uno, se habría quedado seis meses más! Una multitud fue al puerto a decirle adiós. Fue hacia su nuevo amigo Pablo Neruda y le dio un fajo de billetes y le dijo “Toma, esto para que sigáis la fiesta”. Ésas eran las cosas de Federico.

 

OTRA VEZ DE VUELTA A ESPAÑA

Cuando Federico volvió a España, se encontró con que la tensión estaba aumentando. Era difícil ponerse de acuerdo: había unos que querían cambiarlo todo y otros que no cambiaran tanto las cosas. A estos dos grupos los llamaban ”las dos Españas”.

Como las dos Españas dialogaban entre ellas cada vez menos, empezaron a ganar ímpetu los antidemócratas, los que querían imponer por la fuerza lo que ellos querían. La violencia empezó a flotar en el aire.

En este ambiente en que la gente hablaba cada vez menos, Federico pensó que tenía que comunicar la importancia del amor y que si no le das espacio, te vas convirtiendo en un putrefacto. Así que se fue a la Huerta de San Vicente y se puso a escribir. Él sentía que tenía que estar del lado de los más pobres y ofrecer teatro de calidad a la gente sencilla. La Huerta y todo lo que había conocido de niño seguía apareciendo en todo lo que escribía. Fue así como terminó de escribir su teatro “Yerma”.

Cuando se estrenó Yerma en el teatro, fueron muchas de sus amistades. Incluso estuvo Pablo Neruda, que se había venido a jugar al arte a España. Había también algunos enemigos de Federico, que intentaron reventar la representación, gritando y abucheando. Tan sólo había un asiento vacío: el de su amigo Ignacio Sánchez Mejías, que había muerto toreando.

Yerma gustó mucho, pero también hubo quien lo criticó: decían que hablar así del amor era una indecencia, insultaban a Federico porque se enamoraba de los hombres y, como no sabían qué más decir, criticaban La Barraca. Y tanto lo hicieron que La Barraca tuvo que dejar de jugar al teatro por los pueblos.

Cuando le hacían entrevistas para el periódico, a Federico a veces se le subia a la cabeza la fama y decía tonterías o exageraba más de la cuenta. Cuando se es famoso y los enemigos te critican por todo, es imposible no defenderse como mejor se pueda. Pero otras veces era el de siempre y se asombraba de que los juegos que hacía con sus amigos llenaran los teatros.

Y seguía escribiendo. Cada vez tenía más lleno el cajón con formas de jugar al teatro tan originales, que no se habían hecho nunca. Y escribió, cómo no, a su amigo muerto en la plaza de toros ¡Algo tenía que hacer con la pena tan grande que sentía! Esa poesía se llamó “Elegía a Ignacio Sánchez Mejías”.

En este momento, Federico estaba de moda: había tres obras de teatro suyas con las que se estaba jugando, en la Feria del Libro de Madrid lo que más se vendían eran sus libros. Su papá ahora sí que estaba orgulloso de su hijo. Porque podía ganarse la vida, porque era famoso pero, sobre todo, porque había demostrado que se podía ser fiel a sus juegos. Y es que Federico era un hombre que se sabía convertir en niño.

Como la violencia seguía aumentando, Federico seguía escribiendo más y más teatro para que la gente se diera cuenta de todo lo que hacía daño y provocaba tristeza. Y animaba en cambio a ser naturales, como la gente sencilla de su pueblo. Así nació la obra “Doña Rosita la Soltera”. Pero nada, a los putrefactos les daba coraje todo esto y cuando veían a Federico le decían “maricón” o le llamaban “Federico García LOCA”. Igualito que cuando le decían “Federica” en el cole…

 

AMISTADES

Federico jugaba mucho ahora con Pablo Neruda. Éste estaba en su salsa en Madrid, porque había un ambiente extraordinario y muy creativo entre los artistas. Tanto intimaron que Pablo le escribió una poesía muy bonita: “Oda a Federico García Lorca”.

Vicente Aleixandre le comprendía muy bien. Sabía que Federico era capaz de hechizar a cualquiera, pero que en su interior sufría mucho en el amor, porque Federico era muy sensible y se entregaba, pero no siempre era correspondido…

Era cada vez más amigo de Margarita Xirgú, así que se fue con ella a Barcelona a jugar con el teatro Yerma. Allí tuvo incluso más éxito que en Buenos Aires, aunque ya sabemos que a sus enemigos no le gustaba.

Le invitaron a leer sus poesías en un teatro y como no cabían todos los que querían entrar, pusieron altavoces en la calle para que nadie se quedara con las ganas. Por eso le llamaban “el poeta del pueblo”.

En Barcelona también se representó Doña Rosita la Soltera y Bodas de Sangre, con Federico tocando el piano. Y es que lo que escribía Federico expresaba lo inexpresable. Quien veía su teatro reía y lloraba a la vez.

Cuando te enfadas mucho con alguien, es más fácil reconciliarse cuando la rabia se enfría y toman ese calor los sentimientos amorosos. Y si interviene el arte, eso es más fácil todavía, ya lo sabemos. Por eso, cuando Federico se encontró de nuevo con Dalí, los dos tuvieron mucha alegría y los disgustos del pasado –como la película “El perro andaluz”- ya estaban más que perdonados. Habían pasado siete años desde la última vez, pero de momento les volvieron a entrar ganas de jugar juntos. También conoció a su novia Gala y se cayeron muy bien.

 

ÚLTIMOS MESES EN MADRID

La tensión seguía aumentando ahora que se acercaban nuevas elecciones. Había asesinatos, se quemaban iglesias, periódicos y teatros.

Federico apoyaba a quienes querían un gran cambio para ayudar a los más pobres. Él quería, igual que cuando era un niño, que nadie pasara hambre y que todo el mundo pudiese leer y escribir. Pensaba que cuando eso ocurriera habría un gran florecimiento. Por eso, pidió públicamente que votaran al Frente Popular.

Su teatro era cada vez más moderno: no le gustaba que hubiera tanta diferencia entre público y artistas, entre el teatro y la calle. Pensaba que todos podemos ser artistas si nos gusta jugar a expresar los sentimientos verdaderos; que el arte tenía que ser no sólo de las cosas bonitas, sino también de lo que es más feo y de lo que pasa en la calle.

Le publicaron más libros que tenía guardados en su cajón, pero éste nunca se quedaba vacío porque seguía llenándolo con más escritos. Lo que más le dolía era que las personas no pudieran amarse libremente, porque hay putrefactos que tienen mucho poder y no les dejan. Eso se llama “tiranía”. Puede haber tiranía en los gobiernos, pero también en las familias. Así, escribió el teatro de “La casa de Bernarda Alba”. Bernarda era una tirana, Adela –su hija menor- una revolucionaria que no soportaba no tener libertad y Poncia era una criada sabia, como las de Fuente Vaqueros. Y todo estaba escrito muy clarito, para que todo el mundo pudiera entenderlo. Era teatro puro.

Después de haber viajado tanto y tener tantas amistades por todo el planeta, se sentía no sólo de Granada, sino ciudadano del mundo y hermano de todos. Ahora que era internacionalmente conocido, la gente comprendería que era necesario acabar con la tiranía, porque todas las personas necesitamos amar. Esos eran los sueños de Federico.

En las elecciones ganó el Frente Popular, pero no se ponían de acuerdo y la tensión seguía aumentando. Fernando de los Ríos estaba muy preocupado porque pensaba que podía empezar una guerra…

Federico no entendía nada de nada. Aunque había personas que tenían dinero –como el papá de Federico- que tenían buen corazón y que querían que hubiese ese cambio, había otras a quienes les daba miedo, no fuera a ser que les quitaran todo lo que tenían. Por eso, se arrimaban a los más brutos, a los que estaban dispuestos a eliminar el diálogo y la democracia por la fuerza y hacer la guerra.

Si había una guerra, quería estar con su familia. Así que se despidió de Pablo Neruda y sus amigos y se fue a Granada. En la estación de tren no hubo un montón de gente para despedirlo, ni tampoco hubo risas… Era la primera vez que le pasaba eso a Federico.

GUERRA Y MUERTE

Al llegar Federico a Granada, paseó por aquellas calles en las que tan buenos momentos había vivido y que siempre se encontraban presentes en sus escritos. Saludó a sus viejos amigos de El Rinconcillo y a los niños, que ya leían sus poesías en la escuela. De momento encontró la oportunidad de leer La Casa de Bernarda Alba ¡en el mismo carmen que había escuchado la música de Falla bajo las estrellas!.

Pero en Granada había un ambiente terrible: enfrentamientos, asesinatos, provocaciones… Y comenzó la guerra. Era el 18 de Julio de 1936. Un grupo de militares estaban decididos a que las cosas se hicieran a su forma y para eso, acabarían con la República y con la democracia. Y si tenían que matar a mucha gente, lo harían.

Y así fue. En Granada un grupo llamado las Escuadras Negras apresaban a quien no les gustaba y lo mataban. Querían que el miedo se apoderara de la población.

En las guerras pasan cosas terribles. La locura de la crueldad, el rencor y el odio toman el lugar del cariño. Y así fue. Federico se marchó a la Huerta de San Vicente y al poco tiempo fueron a buscarlo allí. Insultaron y pegaron a Federico, a su familia y a las criadas. Incluso uno de ellos pegó a la que le había dado la teta cuando era niño ¡Un auténtico putrefacto! Con esto se quedaron contentos de momento y se fueron.

Unos amigos de Federico le dijeron que tenía que escapar de allí, que la próxima vez le prenderían para matarlo. Querían ayudarle a huir aquella misma noche, pero Federico dijo que ¡NO!. “Si vienen por mí y no me encuentran, entonces se vengarán y matarán a papá y a mamá, así que me quedo”, dijo. Federico le tenía mucho miedo a la muerte, pero las personas que él quería eran lo primero.

Al menos pudieron convencerlo para que se escondiera en la casa del papá de Luis Rosales, un militar del bando enemigo pero con tan buen corazón que haría lo posible para protegerlo.

Federico pasó varios días en la casa del papá de Luis Rosales. Como no podía salir a la calle, pasaba las horas leyendo y jugando con la hermana y la tía de Luis, cantándole y contándole sus aventuras de sus viajes.

Entretanto, las Escuadras Negras mataban todos los días a un montón de los que llamaban “los rojos”. Ya ves, habían empezado la guerra diciendo que con la República había mucha violencia ¡y ahora estaban matando ellos más que nunca!.

Y una tarde llegaron muchísimos policías y guardias civiles y rodearon la casa donde estaba Federico ¡Qué tontería, si él nunca había sido capaz de correr! Lo sacaron de la casa esposado y se lo llevaron a la cárcel. Estaba muerto de miedo, temblando y llorando ¡Pobre Federico!

Intentaron sacarlo de la cárcel Luis Rosales, su papá y y sus amigos, como Manuel de Falla. Se arriesgaban mucho, porque no permitían proteger a un “rojo”. Pero nada, no hubo manera: los putrefactos tenían más poder. Le tenían envidia, desprecio y, sobre todo, mucho miedo. Sabían que Federico era más poderoso escribiendo que todas las pistolas de todos los putrefactos del mundo.

Hacía muchos años Federico le había regalado un violín a un chico que tenía mucho talento musical, pero tenía una mano malita y no tenía dinero. Cuando sacaron a Federico de la cárcel para fusilarlo, quiso el azar que estuviera por la calle. Gritó “¡Criminales!” a los que se lo llevaban, pero tampoco pudo impedirlo.

A la mañana siguiente muy tempranito, Federico sintió una gran tranquilidad. Había jugado tantas veces a la muerte, había escrito tanto sobre ellas, que ahora ya no le daba miedo. Cerca de un pueblo que se llama Víznar, junto a un olivo y a la luz de la luna, los putrefactos cumplieron su objetivo: junto a otras tres personas, mataron a nuestro Federico.

 

POR SIEMPRE FEDERICO

Podéis imaginar la pena que sintieron cuando se enteraron de la muerte de Federico su familia y los amigos que tenía por todo el mundo. Algo semejante a la que tenemos en este momento nosotros.

¿Quién ganó la guerra? Nadie. En las guerras todos pierden. En un principio triunfan los que mejor usan su violencia y consiguen que se haga lo que ellos quieren: Pero eso no puede durar siempre. Además, también pierden, porque a base de usar tanto la fuerza, se van haciendo cada vez más brutos. Ahora sabréis el final de la historia.

En aquel tiempo, los putrefactos prohibieron leer nada de Federico, tener sus libros y ni siquiera hablar de él. Quisieron que fuera un maldito y que todos se olvidaran de él. Creyeron que de esta forma cerrarían para siempre la puerta de Federico, de sus juegos y de sus sueños.

¿Consiguieron los putrefactos su propósito? ¡Ni hablar! Sus amigos le dedicaron en secreto poesías para poder soportar la tristeza y, en cuanto pudieron, publicaron los libros de Federico que estaban prohibidos y también los que tenía guardados en el cajón. De momento en todo el mundo empezaron a jugar con ellos. Desde entonces, por todas partes se representan sus teatros, se cantan sus canciones y sus poesías. Y los niños las leen en la escuela, lo mismo que hacemos nosotros hoy.

Con Federico aprendimos que se pueden tener amigos que están muertos. Por eso, siempre que alguien juega con su arte, la esencia de Federico vuelve a aparecer en el aire.

Así que si alguna vez lo echas de menos, ya sabes que con los juegos de Federico puedes llamarlo para que esté presente, puedes casi oír su voz, sus risas y sus llantos. Verás como la tristeza se transforma. Y si no es suficiente, también puedes inventar tus propios juegos con el arte. Seguro que además tendrás un montón de amistades.

FIN

 

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